Guerra de insectos.

La primera vez que me cambié de casa fue todo muy misterioso, muy poético. Tenía 18 años cumplidos y me fui a vivir con dos grandes amigos y aún mejor personas (a Rafa lo sigo viendo bastante, y a Iona me la encontré hace un par de días, igual de encantadora como siempre). Aprendí todo lo que significa sacarte las castañas del fuego, tener que organizar tu propia vida, y no tener que andar con peripecias en el coche para según qué asuntos. Sigue leyendo

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