El pequeño esclavo.

Llevaba una camiseta de manga larga ocre, desgastada, raída, con un oriental largo tiempo olvidado plasmado en el centro de la prenda que proponía un estilo de vida basado en el fluir. Unos tejanos totalmente desgastados y con varios remiendos caseros cubrían sus piernas, y unas zapatillas Munich beige luchaban por dejarse ver entre el montón de barro que se acumulaba en sus ropajes. El chico parecía recién salido de un tornado tropical, con nombre de mujer furiosa, aunque un detalle  destacaba más que los jirones de su ropa: Su cara estaba totalmente desfigurada. Sigue leyendo