Para Park Barcelona

Entramos en la habitación. Era un recibidor iluminado, no muy grande, con dos puertas para sendas casas, con sus felpudos y sus letreros con los apellidos de los propietarios. Al otro lado colgaban unos percheros y unos buzones, con los mismos nombres que en las puertas (hasta ahí todo normal). El chico nos dice que tenemos exactamente una hora para salir por la misma puerta, y que dejemos volar la imaginación. Cierra la puerta y, aún entre risas, dejamos las mochilas en el suelo, bromeando sobre el botón de pánico que nos mira desde un rincón. Sigue leyendo