Jocs de l’ham *_*

Normalmente la gente no entiende a estos desparramados de la vida que salen en realities tipo Gran Hermano diciendo que convivir tantos días con sus compañeros es una experiencia muy difícil de explicar, y que se viven cosas de una forma diametralmente diferente a la usual. Por suerte o por desgracia, me siento identificado con ese elenco de energúmenos, pero con un entorno mucho más saludable, educativo y divertido. Y es que hace muchos años (este ha sido el quinceavo, si mis cuentas no fallan) que dedico unos días de mi vida a aislarme socialmente para irme a vivir aventuras inolvidables con acampados y monitores. Los que me conocen saben que me olvido del teléfono, de qué me pongo para vestir, e incluso hasta de peinarme; aunque ahora que lo pienso tampoco es que me fije en esos menesteres en el día a día, pero ese es otro tema. Sigue leyendo

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Campamento de verano (segunda parte)

Cuando volvían hacia el campamento, bromeando sobre lo asustadizos que éramos, varios de los hombres de negro se abalanzaron sobre ellos, salidos de entre la nada. El monitor más grandullón, un seboso de unos ciento cuarenta kilos, empezó a correr hacia nosotros; y otro, un gusano de gimnasio más corto de entendederas que un corcho mohoso, se cayó de culo al suelo. El tercero no tuvo tanta suerte, y fue alcanzado por el misterioso tumulto iracundo, que sin proferir un solo grito se lo llevó hacia la oscuridad. Sigue leyendo

Campamento de verano (primera parte)

Viajar en tren tiene algo mágico, un encanto especial. Ya no hablo de esos viajes comerciales entre ciudades urbanas en trenes de alta velocidad, a precios increíblemente desorbitados; hablo del viaje rural, del tren viejo, ajado, con pintadas que ya están desgastadas del tipo “NRL”, las más snobs, y “Pepe quiere a María”, las más tradicionales. Sigue leyendo

Sale el sol.

Su jefe llevaba gritando desde hacía más de media hora. Miriam lo tenía más que asimilado. La empresa llevaba un par de meses de caída libre, y su él no sabía cómo parar la hecatombe que intuía. Los culpables, sus trabajadores, cómo no: la habilidad para encontrar excusas para sus despistes y culpar al primero que pasara por allí no tenía desperdicio. Sigue leyendo

Algodón de azúcar

Cuando finalmente rompió la relativamente nueva relación, sintió como el corazón se le rompía en mil pedazos por enésima vez. Le dejó, con cara de incrédulo, en una cafetería del centro de Lleida, a la vista de un buen surtido de conocidos (Lleida no era precisamente una urbe, y todo el mundo conocía a todo el mundo). Al pasar por la plaza que la había visto crecer, totalmente remodelada en una amalgama de hierro y cemento, ideada por un prestigioso arquitecto sin hijos, su mente se nubló un instante, y dudó el destino que quería tomar: no podía ir con Estela, una de sus mejores amigas. La última vez, cuando rompió con Ricardo, ya acudió a ella y ella ya le soltó una chapa que no le apetecía soportar; tampoco Nando, un compañero del trabajo con el que siempre hablaba, aunque nunca de cosas serias. Cogió el L3, cerca de la plaza, destino a la casa de sus padres, en las afueras, donde solía ir a llorar sus penas. Sigue leyendo