27/08/2014

Seguimos con esta serie sobre escritura creativa. Hoy me tocaba a mí proponer tema, así que me sorprendí a mí mismo con un tema un tanto excéntrico, a ver qué se nos ocurría.

Frase inicial: tu primera muerte.

Tema propuesto por: Neirolh.

Las sombras bailaban en la penumbra, danzando alrededor de la silla en la que la mujer sollozaba. Los dos policías se mantenían al margen, mientras el psicológo hablaba con ella. Ni uno ni el otro creían una sola palabra, pero en honor a la verdad cabía decir que la sangre que encontraron en sus ropas no era la de la víctima. Aunque claro, también hay que tener en cuenta que pertenecía a dieciocho personas diferentes, muchas aún no identificadas. Y las muestras identificadas correspondían a personas que seguían, sin ninguna duda, vivas. Por si fuera poco, una no había pisado el país en varias décadas y otra llevaba en prisión dos semanas; cuando descubrieron que una tercera pertenecía a un juez que llevaba meses luchando contra la corrupción, las alarmas se activaron.

José Hernández, inspector jefe del cuerpo de policía de la comunidad autonómica de Galicia, era el encargado de atender el caso y librarse de él lo más rápido posible. Eso no le gustaba en demasía a Hernández, acostumbrado a hacer su trabajo de forma calmada y con efectividad extrema. El psicólogo no resolvió ninguna de sus dudas, y encima abrió varias líneas de investigación nuevas y que, sin duda alguna, traerían consigo muchos quebraderos de cabeza. Según Patrick, el psicólogo, la mujer estaba en shock; estrés postraumático, sin duda alguna. No articulaba palabra, no parecía ser consciente de dónde se encontraba y, sin venir al caso, se había orinado encima durante la inspección. Un joven con bata blanca entró en el despacho donde Hernández y Patrick hablaban, jadeando. “Hemos analizado más muestras de sangre, inspector”.

-¡Y a qué coño esperas, tarao!- replicó el inspector- ¡desembucha!

-No… no sé si debería… hablar con otro inspector- el silencio se extendió por la sala.

-…-.

-Cálmate, Tiago- Patrick conocía al chico, y le extrañó su actitud.

-¿Eres idiota?- Hernández estalló con un resoplido- dame la puta hoja, anda…

El chico se mostró reticente. Empezó a leer el informe, aunque el inspector le insistió en que se lo dejara leer a él. Nombró un par de nombres y un poco de información (nada importante, supuso Patrick, pues el chico los nombró a toda prisa). La sorpresa llegó cuando el chico nombró, nada más y nada menos, que al mismísimo inspector José Hernández.

La comisaría anduvo patas arriba toda la mañana. El inspector jefe estalló, y entre gritos y aullidos abofeteó varias veces a la mujer para que hablara, causando que la mujer se encerrara aún más en sí misma y que Hernández fuera encerrado en el calabozo y relevado de su cargo. Cuando el nuevo inspector escuchó todo lo que tenía que escuchar del caso, envió patrullas al domicilio de cada uno de los presentes en la lista de sangre, y mandó a la mujer al hospital. Cuando los policías empezaron a encontrar cuerpos en lugar de testigos, las órdenes cambiaron de interrogar a proteger, y empezaron a llegar a la comisaría las personas que poseían los nombres investigados.

Uno de ellos, una periodista del corazón, hizo estallar la noticia. Los medios se hicieron eco del suceso, y pronto la historia aparecía en todas las cadenas nacionales, y en diversas internacionales. Cuando la embajada española de Alemania notificó que el hombre que llevaba casi veinte años viviendo en Berlín había sido encontrado muerto en su hogar, las víctimas mortales de la lista ascendían a quince, contando al juez, que murió en los lavabos del juzgado donde trabajaba ese día. Todas las muertes habían ocurrido de la misma manera, sin explicación alguna: los cadáveres se encontraron rodeados de su propia sangre, que habían vomitado hasta morir. Todo el mundo estaba desconcertado. Súbitamente, varios teléfonos empezaron a sonar. El presidente quería ser informado personalmente, así que el inspector jefe tenía que dirigirse a la moncloa para dar las pertinentes explicaciones.

Ordenó dejar aislados a las víctimas potenciales, con un par de policías protegiéndoles, y especificó que quería un patrón, un nexo o alguna información útil para cuando llegara de Madrid. Aunque eso nunca llegó a pasar, como veremos más adelante. Quedaban tres personas con vida de la lista que la mujer había organizado con las muestras de sangre que estaban en su ropa: el jefe de policía José Hernández; un drogadicto que había ingresado en prisión llamado Luís Alemán; y la periodista del corazón Teresa Maduro. Para complicar aún más las cosas, la patrulla que vigilaba a la mujer del hospital avisó que había escapado.

No pasó mucho tiempo hasta que la periodista se escabulló para dar el parte a su cadena televisiva. Cuando estaba emitiendo en directo contando lo sucedido y criticando la labor policial, una suerte de espasmos musculares se percibieron a través de la línea telefónica, y casi cuatro millones de espectadores oyeron en directo a la periodista esputar la sangre de su cuerpo hasta su último y doloroso aliento. La encontraron en un armario en la sala de limpieza, en un charco de su propia sangre.

En un descuido el preso se escapó, en un ataque de pánico, y media comisaría estuvo buscándolo durante horas. Apareció en el sótano, con una jeringuilla clavada en el brazo y una sonirsa en los labios. Había muerto por sobredosis, escapando de la fatal pandemia que parecía asolar a todos los participantes en la orgía sanguínea de la ropa de la mujer. Mientras recogían el cadáver, los policías se dieron cuenta de que el único vivo era el inspector Hernández, que estaba en los calabozos, y acudieron prestos a su celda.

El inspector jefe estaba aterrado, arrinconado en su celda, entre la cama y el retrete, observando los barrotes de la celda y concienciándose de su relativa seguridad. Cuando la vio. Era la mujer que habían detenido, la que portaba la sangre de lo que serían las víctimas del ente. Y digo ente porque la mujer, pálida y con la ropa totalmente limpia, atravesó los barrotes de la celda sin ningún tipo de problema. Lo que más llamó la atención del policía fue que todas las manchas habían desaparecido, excepto una. Una mancha de sangre en el hombro del vestido. Hernández intentó esconderse aún más, y empezó a llorar como nunca lo había hecho.

-¿Quién eres?- tartamudeó.

-¿Quién soy?- la voz de la mujer era profunda, cavernosa. Arrastraba las nasales hasta límites insospechados, haciéndolas totalmente graves -no me conoces, aunque yo sí conocí a tu abuelo-.

-¿Al abuelo? ¿Pero de qué estás hablando?

-Tu abuelo formaba parte de un comité que se encargaba de decidir si la gente contraria al régimen franquista merecía vivir o no, ¿verdad?- las palabras de la mujer rezumaban odio- yo fui una de las que decidieron no salvar-.

-No sé qué hizo mi abuelo en la guerra, ¡pero yo no he hecho nada!-.

-Ojalá eso bastara, querido- el gemido que nació del interior de la mujer con ese “querido” hizo incluso temblar más al inspector- pero no esperarás que me pare a solo una muerte de mi objetivo-.

-¿Vas… vas a matarme?- Hernández no podía creer lo que le estaba pasando.

-Para empezar sí- la mujer sonrió- pero no creas que me quedaré solo con eso, aún tengo que divertirme más contigo. Este será tu primer castigo. Será, Hernández, tu primera muerte-.

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