26/08/2014

¡Saludos!

Ya hace tiempo que quiero coger rutina narrativa, y por fin me he propuesto hacerlo en serio. Mi compañera principal de viaje y yo hemos decidido escribir cada día durante una hora un tema al azar propuesto por uno de los dos, o tal vez una frase o una idea que haya que desarrollar. Iré colgando las cosas salvables (o todas, depende de cómo me dé) que yo escribo, indicando siempre la fecha en la que lo hago y cuál era el tema propuesto. Desde luego que son totalmente aleatorias, sin mucho sentido y con ninguna revisión por mi parte (tal cual las escribo las colgaré). Perdonad por los posibles errores que se me puedan colar, pero prefiero mantener la magia de la inspiración. Espero que os guste 🙂

Frase inicial: era una noche oscura y tranquila, la lluvia caía despacio a través de las rocas empapando a los murciélagos que se cobijaban en la siniestra cueva…

Tema propuesto por: FrikiGirl.

El humano emergió de ella. Andrajoso, añejo, pero canturreando una melodía alegre y dicharachera olvidada largos años atrás. No había alcanzado aún el Peñasco, desde donde solía observar todo el que llevaba siendo su hogar desde incontables años, cuando un grupo de ardillas negras llamó su atención. Normalmente estos pícaros animales no solían abandonar el bosque Ardiente, más allá del pantano de Oathcloack (allí donde Halrf el cambiante y sus tropas lucharan siglos atrás contra el malvado goblin de orejas picudas Grepel “cara de mono” Thickhood, venciéndole y frenando la ofensiva verde que arrasó las tierras de Reccál durante diez décadas); pero allí estaban, comiendo unas saladas avellanas doradas.

La melodía siguió con aún, si cabe, más ahínco, mientras acariciaba a una de esas ardillas, la que debía de ser la más joven (a juzgar por el pelaje aún verdoso, y la confianza ciega en un desconocido). No es que él fuera tal, pero muchos animales no poseían ya el raciocinio de las antiguas estirpes, y su Fuerza había ido mitigando el otrora orgullo del reino animal. Cuando se cansó de jugar con los inesperados visitantes encaminó el sendero sur, pues había decidido no sentarse en el Peñasco hoy. Iría hasta el Valle Blanco, cerca del Gran Árbol, para correr un poco por las praderas junto con los osos de la montaña.

Grunit, la estrella de la noche, ya dormía; y Tinurg, su hermano diurno, empezaba a calentar la espalda del hombre de la cueva. Pocos mortales sabían cuántos años llevaba en Reccál; y aún menos conocían cuál era su cometido allí. Puedo decir más, y es que él mismo había olvidado esa información, junto con su nombre, muchos años atrás. Pero se sentía a gusto allí, rodeado de un bosque tan anciano como él (suponía,claro) con criaturas tan alegres como las que ahí habitaban. Justo una de esas criaturas, un barbudo de pelaje gris plateado, se unió a él camino de la charca que abastecía al Gran Árbol, de donde toda la vida surgía.

Justo alcanzando Tinurg el punto más alto en el cielo de Reccál, nuestro viajero, ahora ya acompañado de una serpiente sin fin de animales que también íban a visitar la charca, entró en el radio de la sombra del Gran Árbol. Ello quería decir que en poco más de un par de horas estaría oliendo el fuerte olor a cacao de la corteza rojiza que envolvía al abedul milenario. Todos los grandes clanes de animales pacían por la zona, en paz y sin alimentarse unos de otros, como dictaba la Madre. Eso se reservaba para el resto de Reccál, desde luego. Aquí no había sitio para la sangre. Ya no.

Cocodrilos, caballos (con alas y sin ellas), castores gigantes rosados, canguros, colgometas, cacatúas de dos cabezas y cienpiés voladores. Delfines terrestres, dragones escamados, dapires, dientesdearcilla, doradas de piel manchada, dromedarios. Gatos, perros saltarines, moscas del amor, guisantes salvajes, kiwis, julioagostines, cangrejos espada y elerafas de cabeza azul. Una algarabía que podría hacer temblar el tronco del Gran Árbol, si no fuese por esas raíces kilométricas que abrazaban la tierra y mordían los mismos huesos de Reccál. Contaba, de hecho, la leyenda, que si una sola de esas raíces era cortada, el Gran Tazón en el que flotaba Reccál volcaría, propagando la Noche Eterna, de donde ya no se puede salir. Pero el hombre de la cueva no creía en esas leyendas. Él no. Ya no.

Tres golpes retumbaron en el Valle Blanco. Tres grandes golpes. Todo el mundo sabía qué significaban. Especialmente el hombre de la cueva. Hora de la cena. Los animales empezaron a escapar: los castores gigantes se enterraban con rapidez; los delfines terrestres escondían sus patas entre el pelaje y se lanzaban a la charca para hallar un hueco en el fondo del fangar; las elerafas de cabeza azul trotaron en dirección contraria al Valle Blanco, para regresar a su territorio; gatos y perros saltarines entraban en grietas del Gran Árbol, y las cacatúas de dos cabezas, junto con los dragones escamados y los dapires, volaban hacia las ramas más altas del Árbol.

¿Y el hombre de la cueva? El hombre de la cueva lloró. Y corrió. Corrió tanto como sus ahora débiles piernas temblaban y se quejaban por el esfuerzo repentino. Pero no quería ver al Carcelero. No quería que llegara la hora de la cena. La cabeza le daba mil vueltas aún, con puntitos blancos lanzando destellos en todas las áreas de su cerebro, causados por el eco de aquellos espantosos tres golpes. Sabía que se repetirían, y que debía estar en la cueva para cuando eso pasara.

De camino a su hogar, cuando ya había pasado la Colina Espumosa, se encontró de golpe con otra sorpresa más: otro hombre, como él. El tiempo pareció detenerse, su alrededor congelado. Vestía un pijama sucio a rayas blancas y negras, y un gorro naranja con un agujero en el centro. No tenía ni idea de quién era, ni qué hacía aquí, pero cuando Pijama de Rayas le sonrió, supo en seguida quién era. Sin duda. Un acólito del carcelero. No era la primera vez que enviaba uno como él, con formas pacíficas y una sonrisa de oreja a oreja. Se abalanzó contra él.

Rodaron los dos pendiente abajo, entre mordiscos y arañazos. El hombre de la cueva no tenía casi fuerzas, pero parecía que el sr. De Rayas tampoco andaba sobrado de energía. Una patada en la entrepierna, un golpe en las costillas. El otro respondía con varios cabezazos en la nariz, mientras su boca mordía con fuerza la larga barba del enviado. Podía oír de fondo la risa del Carcelero, más allá del cielo, dominando Reccál con su poder, con su avaricia. La pareja siguió rodando, hasta que el enviado del Carcelero se levantó en un despiste del hombre de la cueva y echó a correr. Ahora quería revelar su posición. Agarró un pedrusco enorme y empezó a perseguir al maldito pajarito.

No le costó alcanzarle, pues cojeaba de la pierna derecha por algún golpe propinado por el hombre de la cueva, y lanzó la roca contra su cabeza, provocando un tambaleo que no logró derribarle. Al rodear un grupo de árboles frondosos, el hombre de la cueva se quedó asombrado. Pijama de Rayas estaba subiendo unas escaleras de acero, engarzadas en la floresta como si siempre hubieran estado allí. Sin tiempo para detenerse a pensar, subió los peldaños de dos en dos, para encontrarse un pasillo de cemento con salpicones de sangre, con un Pijama de Rayas al final tumbado en el suelo, luchando por levantarse. Se avalanzó contra él, y empezó a propinarle puñetas con todas sus fuerzas. Incluso logró incrustar los dos dedos gordos en sendos ojos (también a Rayas, por cierto), por donde aplicó presión hasta que el enemigo dejó de patalear.

Sin tiempo a pensar, con la respiración entrecortada, se levantó dispuesto a buscar un escondrijo para evitar la furia del Carcelero. Entró en la primera habitación, barrada, y vio su cama, su mesa y su baño. Estaba en su cueva. No entendía nada, pero unas lágrimas brotaron de sus ojos, y se derrumbó sobre sus rodillas, con las manos manchadas de sangre. Los tres grandes golpes sonaron otra vez, y el carcelero apareció por detrás de la puerta de barrotes perfectamente cerrada. “Hora de la cena”, murmuró inmerso en su rutina, aunque su voz murió mientras palidecía. El cuerpo de Hugo, compañero de celda del viejo Tomás, yacía en el suelo con las cuencas de los ojos ensangrentadas. Tomás se tambaleaba de rodillas en el suelo, murmurando nombres de lo que parecían ser animales inventados.

El guardia de la prisión observó la pared, y volvió a ver los mismos dibujos que el anciano medio loco se empeñaba en hacer: un enorme árbol rodeado de puntitos diminutos, pequeños borrones entre la inmensidad de la pared de la celda. “Esta vez la has jodido, Tomás”, murmuró; “ni el mismo Diablo podrá ayudarte ahora”.

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