Historia creativa #2

EL GIGANTE:

Llegó al otro lado de la piscina, medio ahogado, y temblando como un flan. Salió como pudo de ella y se alejó arrastrándose tan rápido como podía, en la situación en la que estaba. Millones de ideas se le amontonaban en su cabeza, todas negativas. No podía pensar, estaba totalmente bloqueado. Intentó arrancar la sombrilla para defenderse, pero se resbaló varias veces; el monstruo seguía avanzando, impertérrito, masticando algo distraídamente.

Aún empapado, se incorporó para intentar ganar el acceso a su hogar, a su casa; tropezó un par de veces, y arrancó a correr hacia la puerta en el momento en que el monstruo casi le rozaba la pernera. De hecho, corrió con tanto ímpetu, y tan nervioso estaba, que se golpeó contra el marco de la puerta, y rebotó otra vez en el jardín. Mientras miraba al monstruo, ahora boca abajo, perdió el conocimiento, sumido en penosas elucubraciones.

No sabía cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero se despertó en un sofá que no reconoció, con una venda en la cabeza. Frente a él se encontraba un gigante, acomodado en un sillón de terciopelo negro, con una barba poblada y oscura como el carbón, que le llegaba a la mitad del pecho. A su derecha había un martillo enorme, con un pegote rojizo la procedencia del cual prefirió no averiguar. Reconoció al padre de su vecino, el señor Román.

-¿Qué coño hacías ahí solo? ¿Estás tarado? –Él no supo qué responder, así que el señor Román continuó con su cháchara- no es seguro ir por las calles armando un jaleo de dos pares de cojones, y menos aporrear ventanas ajenas con piedras. ¿Qué te pasa, chaval?

Siguió sin poder decir nada. Balbuceó un par de monosílabos, pero el señor Román le cortó al momento. Le contó que nadie sabía qué había pasado, simplemente empezaron a aparecer. Aquí y allá, zumbados que no se giraban aunque tuvieran delante a un grupo de personas armadas hasta las trancas. Y no tenían compasión. El señor Román contó cómo habían ahogado a su mujer, aunque realmente no pareció muy preocupado por ello, incluso lanzó al aire un “maldita zorra bravucona”. Por el que sí se preocupaba era por su hijo, que había ido una tarde al centro comercial, y no había regresado.

De hecho, estaba preparando una mochila con varias cosas, y decía que pensaba irse esta noche a ver qué encontraba, o al menos ver si podía comprobar en qué estado se encontraba el centro comercial. Ofreció su compañía a nuestro joven temeroso, si conseguía dejar de temblar, o, si lo prefería, un desván hasta que él regresaba con su hijo. Mientras el chico pensaba qué hacer, se oyeron unos golpes en la puerta de la entrada.

¿Quién era? O mejor, ¿qué era? Y, lo más importante… ¿qué quería?

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