El vigilante

El reloj avanzaba, nervioso. El hombre lo miraba, impaciente, esperando con ganas que bombeara tiempo a la habitación y poder así finalizar esa etapa. El olor a antiséptico inundó otra vez sus fosas nasales, y se revolvió en su silla, incómodo por el bip ininterrumpido de la máquina a la que estaba conectado él. Cómo lo odiaba. No tenía ni idea de por qué tenía que velar a ese hombre de pelo canoso que se empecinaba en mirarle con cara de ser el culpable de todo. Por más tiempo del que podía recordar (aunque tampoco sabía exactamente si era mucho o poco) había estado vigilando al enfermo, y odiándole con todas sus fuerzas.

No es que él fuera esa clase de personas… sentía hasta cierta empatía con el hombre. Tened en cuenta que cuando le daban los ataques (no ocurría mucho) hasta parecía que a él también le dolía. Era esa sensación, ese presentimiento, quizás esperanzado, de que todo acabara ya y pudiese irse a su casa. El hombre estaba en cama, intubado; ¿a dónde se supone que podría escaparse? No quería estar ahí, quería volver con su familia. ¿Por qué él tenía que vigilar a un enfermo? No tenía sentido. Día y noche, sin poder descansar. El desagradecido que tenía delante recibía de vez en cuando la visita de su hija, y el tipo no le hacía ni caso. Se le quedaba mirando a él, como si molestara. Como si quisiera robarle los abrazos, los besos.

Un día, por fin, decidió que no quería vigilar más al enfermo. No era su problema, no le importaba. Si tenía que perder su trabajo (si es que era eso lo que hacía, trabajar), lo perdería. Su tediosa tarea acabaría aquí, hoy. Estuvo forcejeando durante una eternidad para levantarse. Estava como acartonado, débil. Demasiado tiempo sin moverse, pero aún así se intentó incorporar (el hombre se había dado cuenta, pues también intentaba levantarse, seguramente para impedir su deserción). Encontró una botella de agua al alcance de la mano, encima de una pequeña mesa. Con todo el odio acumulado, lanzó el proyectil contra el enfermo, que sonreía. Y el espejo se rompió.

Minutos más tarde, con lágrimas en los ojos, comprendió que nunca saldría de ahí. Pero al día siguiente, tras marcharse unos operarios del hospital, volvía a estar preocupado por el hombre enfermo que tenía que vigilar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s