El búho que quería ser invisible

Soy un animal nocturno, no hay duda. La mayor parte de mis recuerdos son de cuando el sol ya se ha ido a descansar, y la luna campa a sus anchas por su oscuro reino. Un reino en el que me muevo despejado, alerta, contento. Es la noche la que cobija mis pensamientos, la que me hace perder el sentido mientras yo mismo divago perdido mirando algún punto indefinido del cielo. Me gusta que llueva, que truene, que la oscuridad se apodere de cada recodo de la ciudad, y de mi misma habitación. Ahora mismo la luz está apagada, solo el brillo de la pantalla del ordenador tiñe de un ligero blanco mis manos, que repiquetean sin pausa sobre un teclado con las teclas tan desgastadas, que incluso ni me fijo en el orden en el que las vuelvo a colocar cuando lo desmonto para limpiarlo (bueno, siempre intento poner un neirolh en el centro, pero eso son manías de las que hablaré en alguna otra entrada). Siempre he sido así. Siempre me recuerdo así. Nocturno.

Recuerdo vivamente esas noches en las que mi madre me mandaba a dormir, y yo, escondido bajo la manta y cerrando la puerta “porque me molestaba la tele”, devoraba un libro con ansiedad, chutándome las páginas, palabra a palabra, letra a letra, para conseguir mi dosis de narración. Lo más usual era que mi madre, al entrar a las ocho de la mañana para despertarme, me encontrara aún escondido bajo la misma manta, apurando los últimos minutos antes de esa leche manchada de café que me traía. Mi madre suspiraba, diciendo “aquest crio, sempre igual”, pero no me reñía, cosa que podía llegar a entender. ¿Cómo va a reñir una madre a un hijo porque lee demasiado? No tiene mucho sentido.

Cuando por fin lograba meterme en el coche (literalmente, ella me metía en él), el trayecto hacia la escuela se me hacía borroso, con las aventuras frescas de Frank, Bolsón, Ulises o Ralph y Piggi. No quería ir a la escuela. Detestaba la escuela. Nunca tuve muchos amigos, y la supervivencia era dura (cuando aún no se había inventado el Bullying ni el TDAH, los profesores tenían que educarnos de verdad, y no nos atiborraban a pastillas). Especialmente si eres “el gordo”. Esto me jodió bastante, porque yo no era el gordo, no me tocaba ser el gordo. El gordo era otro chico, Pau. Pero se cambió de cole, y me dejó a mí el marrón (por cierto, lo último que supe de él era que estaba en la fase final del proceso de selección de Google california… ahí lo dejo). Cuando me adjudicaron el título de gordo, la diversión estaba servida. En aquellos momentos es cuando empecé a querer ser invisible.

Alguien invisible no molesta, no es visto, y por tanto no es susceptible de ser insultado, porque no lo ves. No está disponible. Pero joder, yo era el gordo, y me veía “d’una hora lluny”. Cuando llegaba a casa, después de un día de insultos, encontraba mi refugio en los libros, y más tarde en internet y los juegos de ordenador (porque dinero para consolas no había). Así que me acostumbré a no dormir demasiado, y así poder disfrutar más en mi terreno, la noche. Y esa costumbre se me quedó. Más tarde, cuando iba creciendo y refinando mi carácter, encontré en el humor un escudo útil. Podía desmontar a los matones que me amenazaban sin que se dieran cuenta. Recuerdo una vez que canturreaba una canción de Ska-P contra España, y un matón con bomber incluida me amenazó por insultar a nuestra patria. Le solté un rollo tal sobre el concepto de la canción contra los que gobernaban España, y no contra ella misma, que el pobre se quedó tan perdido y desconcertado (ojiplático, que diría algún colega) que me salvé de la paliza correspondiente. Y ahí me di cuenta de que yo era más inteligente que ellos.

Con los años los matones fueron cayendo (uno se mató en un accidente de coche, el otro acabó en prisión, un tercero apedreó su futuro con malos vicios, otro tuvo un hijo tan pronto que tuvo que dejarlo todo para trabajar de repartidor… y por cierto, solía traerme pizzas a casa durante una temporada), y yo fui cogiendo confianza. Empecé a moverme por el mundo, y me di cuenta de que con el humor, la rapidez de palabra, podía sobresalir del resto. Mis ideales han sido siempre muy fuertes. Creo fervientemente en lo que hago, y hago fervientemente lo que creo. Así que empecé a dejar de ser invisible. No me gustan los rodeos. Cualquiera que me conozca mínimamente sabe de qué hablo. Eso me ha causado muchos problemas, claro; pero también muchas ventajas. Mientras tengo dominado el hablar con público, hacer presentaciones, argumentar o convencer a alguien, o liderar u organizar grupos o eventos, también tengo que sufrir mis calores por cada injusticia que veo, o tener uno de mis arrebatos en los que me ciego y no puede ver más que rojo ira, o participar en discusiones con gente que cree que me conoce porque me ha leído un par de veces en Facebook (eso de “no confundas mi personalidad con mi actitud”). No sé morderme la lengua. Será que los búhos no tienen dientes. Intento morderme la lengua, porque no quiero calentones (de carácter, los calentones de cama con pelirrojas siempre son bienvenidos): si veo según qué injusticia, no entro al trapo; si mis ojos solo perciben rojo ira, me retiro de la conversación; si alguien me irrita, lo bloqueo de la red social pertinente.

Así que las cosas, por suerte, evolucionan. El niño gordo tímido y asocial quedó muy atrás, dando paso a un tío (gordo también, no nos engañemos) seguro de sí mismo, directo, y carismático. Tengo muchos defectos, está más que claro, pero los acepto como parte de mí. Hay una cosa que no ha cambiado, y es que la noche sigue adueñándose de mí (vale, lo de gordo tampoco ha cambiado. Son dos cosas). Y aquí estoy, a las cinco  y cuarto de la mañana, escribiendo un texto que, viendo por dónde ha ido, queda ideal para el blog. Sigo siendo un búho, eso no va a cambiar. Pero ahora soy el búho que quería ser invisible, y acabó siendo transparente.

Bona nit!

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