Campamento de verano (segunda parte)

Cuando volvían hacia el campamento, bromeando sobre lo asustadizos que éramos, varios de los hombres de negro se abalanzaron sobre ellos, salidos de entre la nada. El monitor más grandullón, un seboso de unos ciento cuarenta kilos, empezó a correr hacia nosotros; y otro, un gusano de gimnasio más corto de entendederas que un corcho mohoso, se cayó de culo al suelo. El tercero no tuvo tanta suerte, y fue alcanzado por el misterioso tumulto iracundo, que sin proferir un solo grito se lo llevó hacia la oscuridad.

Como pueden comprender, el miedo inundó todo el campamento, ahogándonos a los más niños y descontrolando a los mayores, que se vieron desbordados. Cada poro de mi piel clamaba por una evasión organizada hacia un búnker de máxima seguridad, o algo incluso más seguro. Varios de los niños estaban acurrucados en el suelo, con los ojos rojos y un hipo nervioso que revolvía el estómago del más valiente de nosotros. Intentaron organizarnos, hacer que nos metiéramos en la tiendas, pero no creerán que esos patanes lograron hacer algo, ¿verdad? No, no lo consiguieron. Tardaron casi veinte minutos en organizar un grupo para salir a buscar al compañero, armados con palos y navajas, mientras el resto se quedaba con nosotros e intentaba (sin ningún tipo de éxito) calmarnos. Yo fui elegido para ir en el grupo que iba a explorar (supongo que en comparación al resto de niños era alto, y no debían de recordar que perdí en la competición de lucha).

Nos adentramos en el bosque, oscuro, amenazante. No teníamos ni idea de qué debíamos hacer, cómo, ni por qué. Solo avanzábamos temblorosos mientras los gañanes que teníamos como monitores nos repetían una y otra vez que por encima de todo no nos separásemos del grupo, que permaneciéramos juntos. Hasta que llegamos. Era una zona despejada en medio del bosque, con una fogata justo en el centro. Ahí estaban esos tipos, con el monitor, Iván, atado y amordazado encima de una piedra (¿Se sienten identificados? Vamos, ¡un poco de humor! ¡Les tengo cautivos con mis historias!). No me extenderé en el ritual que se llevó a cabo, pero el chico que tenía a mi lado se orinó, literalmente, en los pantalones, cuando un cuchillo se clavó en la garganta del monitor. Empezamos a correr, en desbandada, revelando nuestra posición. Solo queríamos llegar al campamento para huir de ese maldito lugar.

Cuando llegamos, el resto estaba a punto de sufrir un infarto colectivo (como pueden imaginar). Los monitores se gritaban entre ellos, y el gordo sacó un móvil para llamar a la policía, aunque no había cobertura (cosa que no parecía recordar). Nos explicaron que dejaríamos todo aquí, cogeríamos las mochilas con agua y bajaríamos hasta el pueblo. Había unas cuatro horas de camino, pero no debíamos quedarnos allí. No podíamos. Cuando empezábamos a levantarnos, aparecieron. Primero se oyó un ruido metálico, como una barra de hierro (que resultó ser una pala) arrastrada por el suelo. Luego oímos sus jadeos. Y para acabar vimos sus figuras, perfiladas contra la luz de la luna. Se acercaron lentamente, y los monitores se colocaron delante de nosotros… Voy a confesarles algo, creo que me entenderán mejor si lo hago: me preparé para morir. No confiaba en esos mequetrefes, y el individuo de la pala debía de medir unos dos metros. Así que me preparé a morir.

De pronto, como si llevara ahí toda la noche, una figura encapuchada se levantó de entre los niños, y se acercó a las figuras diabólicas. Pasó entre nosotros, y luego apartó a los monitores, cuyas miradas reflejaron lo que yo creí que era una clara confusión, mezclada con cierta alegría. La figura misteriosa, mientras invocaba a unas supuestas fuerzas de la luz, se sacó la capucha, revelando a Iván, que misteriosamente había vuelto a la vida. Sonreía. Los salvajes satánicos cayeron desparramados al suelo entre gritos, que ahora se me antojaron falsos y con una gran risa contenida. Y fue entonces cuando la magia se rompió. Los monitores empezaron a reír, y los satánicos se levantaron. Los niños miraban incrédulos alrededor, aunque los mayores ya empezaban a proferir una risa nerviosa como entendiendo lo que había pasado. “La Noche del terror” empezó a navegar en las bocas de los niños, calmando sollozos en su gran mayoría. Todo resultó ser una pesada broma de aquellos bárbaros dueños del ocio de nuestros padres.

Supongo que entenderán por qué no me sentó nada bien. Tuve muchos problemas, pesadillas, durante años. Aún hay noches en las que me despierto sudado y asustado. Intenté tratarlo, incluso mi madre consiguió ayuda. Pero no pude hacer nada. Hasta que un día me encontré con el gordo, ya mayor. Sin entrar en detalles (no quiero revelar parte de lo que les espera), diré que acabar con su vida me produjo cierto placer. Pero solo había seis monitores (más otros seis amigos) esa noche, y las dosis de liberación se acabaron pronto. Así que tengo que buscarme nuevos tratamientos. Por eso les invité a mi tren a hacer este viaje. Por eso están ustedes atados, y por eso les he contado mi historia. Ustedes me mantendrán ocupado un par de semanas, luego pensaré en mi siguiente terapia. Estamos en pleno verano, mi época dorada. No se asusten, prometo ser todo un caballero con ustedes.

Pero antes de nada, permítanme que les explique un juego. ¿Tienen tiempo?

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Un pensamiento en “Campamento de verano (segunda parte)

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