Campamento de verano (primera parte)

Viajar en tren tiene algo mágico, un encanto especial. Ya no hablo de esos viajes comerciales entre ciudades urbanas en trenes de alta velocidad, a precios increíblemente desorbitados; hablo del viaje rural, del tren viejo, ajado, con pintadas que ya están desgastadas del tipo “NRL”, las más snobs, y “Pepe quiere a María”, las más tradicionales. Esos trenes que viajan a velocidades hiposónicas (permítanme el neologismo) y que, con suerte, el sonido de la fricción con los raíles llega a imitar el estruendoso y anacrónico traqueteo de las antiguas máquinas a vapor. Creo que le debo a mi madre esa pasión hipsteriana por los ferrocarriles. A ella le aterra volar, aún siendo su padre nada más ni nada menos que aviador, y los trenes eran su medio de transporte habitual. Pero esa es otra historia, desde luego. Prometo intentar no hacer descarrilar el tren destino mi infancia. Aunque no creo que tengan prisa, ¿no es así?

La cuestión es que, estimados compañeros de viaje ferroviario, he deducido por vuestras vestimentas que pertenecen a un campamento de verano. Los típicos muchachos que ofrecen su tiempo, de forma remunerada (o no), para librar a los padres de la carga estival de sus hijos, y recompensar a estos por el trabajo realizado durante el curso. ¿Saben que yo de pequeño iba a uno de estos campamentos? En realidad solo fue un año… Si les parece apropiado, mi ayudante les servirá un té frío para amenizar la velada; aún nos quedan horas hasta que el sol vuelva a salir, desperezándose, para organizar el nuevo día. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, los campamentos de verano. Verán, mi historia no deja de ser curiosa, pues ese verano marcó prácticamente toda mi vida, y mi carrera profesional. Soy detective privado (al menos así es como me presento, y curiosamente eso dice en mi tarjeta), aunque supongo que sabrán que no es exactamente lo que hago. Pero paso a paso, caballeros…

Corría el verano de 1985, y mi madre tenía que trabajar durante un mes como azafata en uno de esos cruceros transmediterráneos, con todos esos nuevos ricos jugando al golf en un navío inmenso. La cosa es que me vi enrolado en los campamentos de los que hablábamos, y durante un mes no tenía nada de lo que preocuparme, salvo construir una cabaña sin que los monitores supieran de su existencia; o cazar un pez en el río, para devolverlo al momento a su hábitat natural. Seguro que les suena, ¿verdad? La cosa iba de maravilla. Nos bañábamos, jugábamos al pichi, nos escabullíamos mientras los monitores jugaban sus partidas de butifarra… hasta que llegó la noche del cuarto día.

Los monitores explicaron un juego, bastante aburrido, con el supuesto aliciente de que competíamos contra ellos. Se escondían en diferentes sitios y, con un pito, hacían notar su presencia. Nuestro objetivo era, simplemente, encontrarles. Explicadas las reglas, y después de los eternos turnos de preguntas de los niños (que yo nunca entendí), el juego empezó. Encontré a Nuria en el carro del heno, agazapada entre dos balas que hedían a naturaleza, y cuando me disponía a reemprender mi búsqueda sonó la corneta: hora de reunirse. Había un revuelo considerable, pues la mitad de los acampados se quejaban por la facilidad del juego, y la otra mitad murmullaban acerca de los gritos que profería una de las niñas, Elena, acerca de unos aliens que aseguraba haber visto. Yo odiaba a esa niña, con todas mis fuerzas. Era un año menor que yo, y aún con todo no había tenido dificultad alguna en vencerme a lucha grecorromana. Era repelente, aunque los monitores parecían quererla mucho, cosa que no podía llegar a entender.

Vuelta al juego, añadieron alguna regla que ya no recuerdo para la segunda ronda, y la corneta sonó. Volví corriendo al carro de heno, aunque no encontré a nadie; seguí por el camino hasta las letrinas químicas que montamos el primer día, y allí lo vi: era un hombre, vestido con ropas oscuras, pero pálido como un cadáver. Los labios, tan rojos que parecía que la sangre manara de ellos, proferían una suerte de mueca que imaginé como una sonrisa. ¡Oh, ya recuerdo la regla! La regla adicional, la que añadieron para la segunda ronda.: teníamos que adivinar el nombre del monitor. Pero yo no tenía nombre para él, y debo confesar que me asusté. Di media vuelta, y eché a correr hacia la base principal del juego, donde se suponía que estaba la corneta. Al llegar, medio campamento ya estaba ahí, y la mitad lloraba o gritaba, asustados con historias sobre personajes similares al que yo había visto. Y terminé por participar en el fácil juego del miedo.

Los monitores… bromeaban sobre el asunto, aunque alguno estaba nervioso, inquieto. Algo tramaban, seguro. O algo raro percibían. Tras la insistencia del resto de niños, los tres chicos, machos indómitos sin muchas neuronas, se adentraron en el bosque para echar un ojo, con sus linternas encendidas y repartiendo risas y gritos. Verán, yo odiaba a esos monitores. Con todas mis fuerzas. Se creían los amos del cotarro, los únicos gallos del gallinero. Eran los reyes de esas tierras, dueños y títeres de todos nosotros, y lo aprovechaban constantemente, en todo momento. Deseé con todas mis fuerzas que un tarado de los que habíamos visto apareciera y les asustara, que se cagaran en los pantalones (perdón por la expresión, no me pongan esa cara). Pero lamentablemente no fue así. Fue mucho peor.

Segunda parte aquí.

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