Sale el sol.

Su jefe llevaba gritando desde hacía más de media hora. Miriam lo tenía más que asimilado. La empresa llevaba un par de meses de caída libre, y su él no sabía cómo parar la hecatombe que intuía. Los culpables, sus trabajadores, cómo no: la habilidad para encontrar excusas para sus despistes y culpar al primero que pasara por allí no tenía desperdicio.

Miriam recordó el día que se pasó toda la mañana chillando, con la cafetería llena de clientes, y estampando napolitanas de jamón de York y queso en la pared del local. Cuatro camareros y la panadera presentaron la renuncia voluntaria al día siguiente, y algunos de los clientes que estaban ese día tomando su infusión no volvieron a aparecer. Pero el negocio iba bien, y nadie olió la chamusquina.

Cuando los clientes empezaron a escasear, y la mayoría del personal fue despedido, el fuego estaba en la cocina.  En un mes, seis empleados fueron despedidos. Todos, menos Miriam. Recordó la reunión que tuvo con su jefe, a la que entró temblando presintiendo el último despido que podía hacerse. Encontró algo totalmente diferente:

‒Siéntate, Miriam ‒su jefe esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, cosa que le extrañó, esperando como estaba el inminente despido‒. ¿Cómo te encuentras?

‒Bien, supongo ‒ahora ya no entendía nada. No le había preguntado eso en seis años de relación jefe-empleado.

‒Mira, te voy a ser sincero: te necesito ‒la voz de su jefe tembló brevemente‒. La cafetería se está hundiendo, y nadie mejor que tú conoce cómo coño funciona esto. Necesito que me ayudes.

Fue un engaño perfectamente urdido. Y Miriam se lo tragó. Un mes después, todos los días tocaban reprimendas a gritos donde era culpada de cosas que nunca hacía ella, sino su jefe. Pero “el jefe siempre tiene razón”, y eso el suyo lo tenía diáfano. Si no fuera por el alquiler, el coche, y Lorena, ya habría renunciado. Lorena. Cuando la bronca terminó, se estremeció pensando que posiblemente le tocaría otra en casa (no había tenido tiempo de ir a comprar, y tendrían que pedir chino otra vez). Sin una sola réplica a su jefe, ni tampoco despedida alguna, cogió su bolso y salió de la cafetería.

Encaminándose hacia su casa, el tiempo pasó lento mientras cruzaba el parque que llevaba a su calle. Se ensimismó mirando a una pareja que estaba retozando en un banco, pensando cómo habían pasado Lorena y ella de eso a lo que ahora tenían, en solo un año. Abrió la puerta de su casa, y antes de percibir el bolso de su compañera colgado del perchero, oyó su voz, que salía del pasillo que llevaba a la cocina:

‒¿Has ido al súper? ‒la voz no sonaba enfadada, pero tampoco alegre, como era costumbre.

‒No me ha dado tiempo, cariño…

Diez minutos después, estaban discutiendo. Lorena gritaba enfadada, decía que ella no podía estar pendiente de todo lo de la casa, aunque no trabajaba desde hacía seis meses, y que ella tenía que aceptar responsabilidades. Incluso sugirió contratar una “limpiacasas”, como ella llamaba a las mujeres de la limpieza. Casi de forma automática, ella empezó a asentir regularmente, mientras contemplaba un elemento al azar. En esta ocasión, fue una pequeña mariposa que revoloteaba por la terraza, a apenas dos metros del sofá donde la agresiva rutina encogía el ya menguado ánimo de Miriam. Justo en ese momento, la mariposa pareció empezar a moverse irregularmente, de forma poco grácil, hasta que se posó en la barandilla del octavo piso. Cuando estaba allí, aleteó un par de veces temblorosa, y cayó como fulminada.

Miriam se extrañó e, involuntariamente, frunció el ceño. Entonces se dio cuenta de que Lorena había parado de hablar, y volvió la cabeza para pedirle perdón por no escucharla. Pero Lorena estaba callada por otro motivo. Bizqueaba un poco, y un leve jadeo emanaba de su garganta, mientras su tez adquiría un leve tono violeta. Cuando Miriam quiso reaccionar, Lorena estirada en el sofá, pataleando, y ella encima intentando girarla para que no se tragara la lengua (había oído en algún sitio que ese era el procedimiento correcto). Pero no pudo hacer nada, pues dejó de respirar en apenas dos minutos. Ella se quedó paralizada, sin saber qué hacer, sin verter lágrima alguna. Estaba en shock.

Una fuerte explosión la sacó de su letargo, y vio por el ventanal que la gasolinera había explotado. Salió a la terraza y observó una estampa que, extrañamente, la emocionó. Afuera en la calle, en la plaza donde los niños siempre jugaban al salir de la escuela, casi una docena de personas estaban en el suelo, fulminadas; un par de coches estaban estampados en el cruce, y un tercero disminuía de velocidad paulatinamente en medio de la calle. Un grupo de personas corrían aterradas, mientras la gasolinera del fondo del paseo seguía ardiendo.

No dudó un instante. Cogió una mochila, embutió toda la comida enlatada que encontró, un par de linternas, una cuerda y la pistola que siempre había querido comprar, y salió de casa dispuesta a enfrentarse al apocalipsis de forma heroica, como tantas veces había pensado. Justo a medio descenso, en el rellano del cuarto piso (pues no había utilizado el ascensor, evidentemente) la puerta de un piso se abrió y media docena de zombis emergieron aullando. Empezó a correr escaleras abajo, de dos en dos, hasta llegar al sótano, desde donde se accedía al garaje. Sin casi aliento, pegó un empujón a la puerta, pero no se abrió.

De repente, todo se hundió alrededor: no había cogido las llaves. Se derrumbó contra la puerta, destrozada. No lo podía creer. Su apocalipsis había terminado quince minutos después de empezar. Podía oír las pisadas y los gemidos que llegaban hasta ella, cada vez más cerca. No podía escaparse. No había solución. Abatida, apoyó la cabeza en sus brazos cruzados, y entonces vio la rendija en el pasillo… calculó rápidamente que podría pasar por ella. ¡La aventura continuaba! Se levantó animada, pero alguien la zarandeó:

‒¿Me estás escuchando, Miri? ‒Lorena parecía furiosa‒. ¿O estás otra vez en tus mundos fantásticos?

Volvió al mundo real, más apático y gris que el suyo, y entornó los ojos, en un intento de disimular que, efectivamente, no tenía ni idea de lo que Lorena había estado diciendo (aunque no le costaría demasiado adivinar la mayor parte). La mariposa seguía su vuelo con normalidad, y el sol se escondía entre la dos montañas que perfilaban el horizonte.

‒Estaba en mi mundo, Lore. Estoy mucho mejor allí que aquí contigo ‒la cara de Lorena era un cuadro. No estaba acostumbrada a recibir reprimendas, sino más bien a darlas‒. Creo que lo mejor será que lo dejemos. Me tienes hasta los ovarios.

Dejando a Lorena con la palabra en la boca, salió de la casa, cruzándose con el simpático chino que siempre les llevaba la comida y, cuando por fin consiguió sacar el coche del garaje, marcó el número de su jefe:

‒Oye, que te den por el culo. Lo dejo ‒y colgó el teléfono.

En la primera rotonda se desvió hacia la nacional, y encaminó el coche para hacer el usual recorrido “de pensar”, como ella decía. Siguió conduciendo hasta que el sol asomó vergonzoso el flequillo de su radiante peinado. Definitivamente no sabía qué pasaría mañana, pero hoy… hoy sonreía.

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