Algodón de azúcar

Cuando finalmente rompió la relativamente nueva relación, sintió como el corazón se le rompía en mil pedazos por enésima vez. Le dejó, con cara de incrédulo, en una cafetería del centro de Lleida, a la vista de un buen surtido de conocidos (Lleida no era precisamente una urbe, y todo el mundo conocía a todo el mundo). Al pasar por la plaza que la había visto crecer, totalmente remodelada en una amalgama de hierro y cemento, ideada por un prestigioso arquitecto sin hijos, su mente se nubló un instante, y dudó el destino que quería tomar: no podía ir con Estela, una de sus mejores amigas. La última vez, cuando rompió con Ricardo, ya acudió a ella y ella ya le soltó una chapa que no le apetecía soportar; tampoco Nando, un compañero del trabajo con el que siempre hablaba, aunque nunca de cosas serias. Cogió el L3, cerca de la plaza, destino a la casa de sus padres, en las afueras, donde solía ir a llorar sus penas.

El autobús enfiló la avenida que dividía la ciudad entre la parte vieja y la parte nueva, y sus recuerdos brotaron vívidos de su mente, en forma de lágrimas que se precipitaban al vacío hacia una muerte más que segura. Recordó que cuando era pequeña su madre la llevaba siempre a pasear por un parque enorme que empezaba donde la avenida en la que ahora estaba terminaba. Recordó que siempre iban a comprar algodón de azúcar en la pequeña tiendecilla que había justo en medio del parque, como dejada ahí por una fuerza mágica. Recordó que el vendedor de algodón le ofrecía siempre una ración más grande de lo que su madre pagaba, alegando que no podía decir que no a una niña con el pelo tan dorado como el suyo (llevaba con la misma coletilla desde que Mar devoraba el algodón desde el carro, y ya contaba con ocho años). Recordó también el día que se separó de su madre debido al viento, y no encontró otra opción salvo volver a donde el simpático tendero le ofrecía la merienda, y pedir su ayuda.

Una bocina horrible la sacó de sus pensamientos, y una moto escapó de la embestida del autobús por menos de medio metro. Se percató de que el cielo se había nublado, y un relámpago anunció la llegada de la tempestad. Su corazón, cansado de llorar, se sumergió en las profundidades de su ser. Ya no había vuelta atrás. Los recuerdos se agolpaban en la parte trasera de su cabeza, dispuestos a atormentar otra vez a su portadora, que hundió la cara entre sus manos temblorosas…

El tendero la llevó hacia la comisaria, para que los policías la llevaran a su casa sana y salva. Le regaló una pequeña tarrina con el líquido con el que preparaba la mezcla que vendía, y Mar ni siquiera se inmutó cuando el tendero le dijo que pasarían un momento por su casa para poder buscar una manta con la que abrigar a la pequeña por si el viento no arreciaba. Hasta que no fue consciente, una vez en el pequeño piso, del putrefacto olor a alcohol que emanaba la boca del ya no tan agradable tendero, no empezó a asustarse. Cuando el tendero entregó a la niña, su madre pensó que la pequeña Mar lo habría pasado realmente mal perdida en el parque, pues estaba pálida, sin más lágrimas por derramar, e incluso tenía una pequeña mancha de sangre en el vestido. “Vaya un cumpleaños has pasado”, soltó aliviada su madre.

Salió de su ensimismamiento mientras pensaba en cómo el cerebro era harto hábil eliminando recuerdos no deseados, pues no recordaba prácticamente ningún detalle de qué le hizo el puto tendero, casi treinta años atrás. Se dio cuenta de que el autobús llevaba dos vueltas completas, y que estaba sola en el transporte. Echó un vistazo a su localización, y vio que en tres paradas llegaría a casa de sus padres. Se secó las lágrimas, y se maquilló como pudo.

Había pasado mucho tiempo. Incluso el tendero había muerto (su madre la obligó a ir al funeral). No contó nada a nadie. Nunca. Ni pensaba hacerlo. Era su secreto. Su maldición. A parte de su carácter introvertido, de ser una mujer totalmente asocial, de tener dos carreras y estar trabajando en un prestigioso laboratorio internacional, esa violación le acarreaba un problema mayor: no soportaba ser tocada por hombres. No PODÍA ser tocada por hombres. Lo había intentado todo, pero no podía llegar a ser penetrada. Su cuerpo se cerraba herméticamente, y su mente divagaba entre escaleras y sobredosis de historias alimentadas por ella misma. Y eso que ella en casa podía masturbarse sin ningún problema (cosa que hacía, regularmente y con energía). Pero cuando un chico dejaba la lengua para empezar a usar su polla, el chiringuito empezaba unas vacaciones sin fecha de finalización prevista. Pensó varias veces en acudir a algún profesional para que la ayudara, pero eso implicaba dar explicaciones, y ella no era amiga de las mismas. Se había hecho a sí misma, y con el tiempo superaría ese trauma. O lo ahogaría entre lágrimas y soledad.

Cuando llegó al portal de sus padres, el trayecto desde la entrada al octavo piso fue una transformación completa. Montó sus defensas, enarbolo su escudo ancestral, y esbozó la mejor sonrisa que podía ofrecer. Al entrar en el piso su madre la saludó como de costumbre con un dulce “hola pequeña, ¿cómo va todo?” y ella respondió con el más falso de los mensajes: “Todo va de lujo, mamá, como siempre”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s