Ciudadano C

No me lo podía creer: de repente estaba allí, comprando el billete del tren que me llevaría a ver a mis compañeras de fatigas, y todo parecía extremadamente normal. Habían pasado ya seis meses desde la Gran Guerra, pero tan solo llevaban una semana aceptando civiles de clase C en los medios de transporte públicos. Tenía claro que era un privilegiado, ya que conseguir el pase C no era moco de pavo. Debía agradecérselo a un amigo mío, que siempre explicaba sus quehaceres en el trabajo, montando y trasteando con sistemas de seguridad. A eso me dediqué después de la guerra, a reparar cámaras para que volviesen a funcionar. Es curioso como el ser humano, después de una unión tan fuerte como la que vivimos frente al enemigo común, vuelva a comportarse de la misma forma cruel sin perder un ápice de dignidad. Reparando cámaras. Para vigilar a otros. Qué triste. Como ovejas en un corral.

Mientras subía al tren no pude más que esbozar una sonrisa al ver el maltrecho cacharro que pretendía que me llevara a la otra punta de lo que quedaba de nuestro aún más maltrecho país. La mitad de los vagones seguían con manchas de sangre en el exterior y la otra mitad estaban impregnados del ya clásico olor a desinfectante, que parecía haber alquilado una habitación en mis fosas nasales desde hacía un par de meses. El traqueteo del tren me llevó a sitios lejanos, recordando las conversaciones que había tenido con las compañeras que me esperaban en Lugo, la ciudad donde se había reubicado a todos los habitantes de pequeños pueblos. Tina era de un pueblo cercano, y no tenía ni idea de cómo Sara había acabado allí, teniendo en cuenta que cuando todo empezó ella vivía en Bélgica con su familia, aunque pensaba averiguarlo en breve.

Tardé dos días en llegar a mi destino, y en el andén divisé a Tina con una tableta de chocolate esperándome. Durante la guerra me escondí, como todo el mundo, y hasta que no se organizo Radio Free Earth no contacté con nadie. Nunca supe (aún no lo sé ahora) que pasó con mi familia, ni tampoco Tina, o Sara, o la mayoría de los escasos supervivientes. Las cosas habían cambiado demasiado. Cuando hablaba con ellas, los preciados quince minutos que nos permitían mantener contacto, siempre bromeábamos con mis escritos sobre el apocalipsis del mundo, y Sara me animaba a escribir sobre ciervos y mariposas, a ver si se arreglaba todo. Luego divagábamos sobre qué había pasado con el resto de cadáveres mientras hacíamos comentarios macabros sobre lo difícil que era echar un buen polvo ahora que casi todo el mundo estaba muerto. Era nuestra manera de hacer frente al desastre…

Tina siempre se despedía con un “te espero con una tableta de chocolate”, pues eran realmente difíciles de conseguir. Dejé caer mi minúscula maleta y nos fundimos en un tremendo abrazo, que prosiguió, de forma inesperada, con un beso apasionado. Sus ojos (qué ojos) me miraban profundamente, sin creerse que ya estuviera ahí. Era la primera vez que nos veíamos en persona, y prácticamente no teníamos a nadie más. Todo muy melancólico, a lo new age. Sara nos esperaba en el coche, cubierta con un gigantesco abrigo y con el capó ya manchado de la maldita nieve gris que cubría media Europa.

La conversación hasta llegar al bloque en donde residían fue de lo más animada. Hablamos de literatura, de cómo habíamos vivido el aislamiento general, de sexo, de los diferentes días de celebración conforme las capitales quedaban libres… ni tan siquiera hablamos del hijo de Sara, del novio de Tina o de mi padre. Todo había quedado atrás.

Cenamos dos raciones de comida que compartimos, y bebimos el insípido zumo de manzana que había sustituido al agua después de la contaminación del sistema de tuberías de la ciudad. Bien entrada la noche, nos tendimos sobre un par de esterillas gigantes, cubiertos por sendos sacos de dormir abiertos para poder caber sin pasar frío. No teníamos termómetro, pero con las ventanas cubiertas de hielo no hacía falta averiguar que necesitaríamos dormir muy juntos para no entrar en hipotermia galopante. Nos desnudamos entre risas y comentarios obscenos, y en ropa interior nos dormimos profundamente mientras imaginábamos al resto de cadáveres de fiesta en el bar de Rafa.

A la mañana siguiente Tina me despertó con una suave caricia, que me hizo temblar por el frío que se había apoderado de todo mi cuerpo. No dijimos nada, ni una sola palabra, pero mientras mi mano subía suavemente por su muslo nos fundimos en un beso húmedo y caliente sin dudar un segundo. Tras dos años a dos velas, mi sangre se concentró en su sitio natural en media milésima de segundo, lo que provocó una risa nerviosa a mi acompañante. “Es bueno que la rapidez te haga reír” bromeé, mientras ella se acercaba y volvía a buscar mi lengua con la suya. Utilizando sus braguitas como tope la subí a horcajadas, intentando que el saco de dormir no la destapara, y despertando en el intento a Sara, que hasta ahora seguía durmiendo plácidamente. Intentó levantarse e irse para, según ella, dejarnos vía libre, pero Tina y yo la cogimos simultáneamente y la acercamos a nosotros. Habíamos pasado demasiado juntos, habíamos vivido demasiadas cosas juntos. Los tres éramos uno, y así debía seguir siendo.

Desabrochar el sostén de Sara me costó muy poco, pero el de Tina se me resistió, ya que tenía el cierre un poco torcido, y al final tuvo que ayudarme a soltarlo. Me incorporé para besar a Sara, mientras ella buscaba con su mano en el interior de mis apretados calzoncillos, y Tina mordisqueaba el lóbulo de mi oreja. Empezó a masturbarme, y Tina siguió lamiendo mi cuello, ascendiendo hacia mi boca para luego descender entre besos hacia mi cintura, donde se encontró con los labios de Sara, que estaban buscando un nuevo objetivo. Me acosté en el suelo y disfrute de uno de los momentos más placenteros que recuerdo de la jornada, hasta que Sara subió a reclamar mi atención. Mi turno para dar placer se volvió un poco más complejo, ya que tenía que hacer malabares para satisfacer a ambas. A una le gustaba suave, a la otra más brusco, y me encontré jugueteando con mi lengua dulcemente sobre la primera mientras mi mano intentaba encontrar un tempo rápido, firme y constante sobre la segunda. Creo que una de las dos llegó ahí al orgasmo, pero no recuerdo cual fue, ha pasado ya mucho tiempo…

El caso es que me incorporé sobre Sara y la penetré mientras besaba a Tina, que acariciaba los senos de la primera con firmeza. Cambié de amante al cabo de un rato, modificando el ritmo al gusto de la nueva pareja, mientras Sara se acariciaba y nos contemplaba a escasos centímetros. Tina se dio media vuelta y se levantó con la pelvis, agarrando mi cintura con sus piernas y levantando la suya, haciendo que la penetración se volviera mucho más intensa y placentera para los dos, prologando la postura y el movimiento un buen trecho. Viendo que el final se acercaba y mis dos amantes estaban bien servidas, me tumbé en el suelo y dejé que ellas jugaran un poco conmigo. Empezó Sara, demostrando un toque de cadera frente al que me costó horrores mantener el tipo, y pasados unos intensos momentos dejó que Tina siguiera. Se colocó en cuclillas, sin llegar a sentarse, y ayudada por mis manos mantuvo un ritmo constante que, complementado con las caricias y los besos de Sara, me llevaron a un orgasmo en el que eyaculé generosamente, profiriendo un grito que debió despertar a los pocos vecinos que seguían durmiendo.

Llegó ese instante en el que el tiempo se ralentiza, y los cuerpos se juntan para dejar que en armonía vuelvan a un estado de reposo. Los tres sonreíamos, y más tarde descubrí que a la vez que yo había imaginado esa situación docenas de veces, ellas la habían comentado otras tantas. Es curioso como el porno nos vende unos tríos que no tienen nada que ver con la realidad. Recuerdo el mío de forma no muy nítida, pero intensa como la que más, y me sorprendo a veces divagando a flashes con la cadera de Sara y la increíble lengua de Tina. Nos despedimos al día siguiente, después de haber organizado otro encuentro, esta vez en Tarragona y pasado el invierno, cuando los ciudadanos de clase D (ellas dos) pudiesen coger ya los trenes o incluso el coche. Mientras me alejaba de la estación con el traqueteo del mismo maltrecho tren, no podía quitarme de la cabeza que las mujeres que me habían dado un motivo para resistir durante las largas noches encerrado en casa durante año y medio, ahora me lo habían dado para esperar otros cuatro meses.

Qué cadera, y qué ojos.

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