28 velas

Sopló, y sopló. Nunca lo consiguió. Las velas, de esas de broma que nunca se apagan, danzaban en el aire jugando entre las corrientes de aire generadas por ella, medio ahogada entre risas, siendo víctima de docenas de fotografías. Los niños aplaudían nerviosos, esperando su pedazo de pastel, aunque los más pequeños miraban alrededor, aún más nerviosos por ese ambiente tenso, impaciente, mientras las notas del “feliz, feliz en tu día” sonaban en el piano del salón.

El marido, un hombre fornido, alto, gigante, aporreaba con contundencia las teclas del viejo instrumento, haciendo resonar por encima de la algarabía la melodía deseada, acompañada del canto de varios amigos y familiares. Era una ocasión especial. Hoy hacía diez años de aquél accidente de coche, en el que la homenajeada…

Paró de escribir. Dio otro trago a la botella de ginebra, casi vacía, y la estrelló contra la pared con fuerza. Un gato aulló en la calle. Él estalló en llantos. Se miró en el espejo, y vio la barba de hacía meses, que crecía rala en su ojerosa cara. Subió al tejado. Miró hacia abajo. Sopló, y sopló. Nunca lo consiguió.

(y esta mierda es lo que escribo cuando no puedo escribir la mierda que quiero).

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