Reloj de cadena

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tac. Tac. Tac. Toc. Toc. Tuc.

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Toc. Toc. Tocotot. Toc. Toc. Tuc.

Había aprendido a domarlo a voluntad. Podía manejar las manecillas del reloj como él quisiera. Tanto hacía que estaba perdido. Torció a la derecha, y luego a la izquierda. Otras dos veces. Y aún una cuarta. Ni tan solo corría. Solo paseaba.

Nunca fue así. Antes no lo era. Se adentró en ese embrollo para conseguir unas monedas. Un poco de agua. Un abrigo nuevo. Buscaba un chiste que le hiciera reír. Incluso le valía si solo sonreía. Pero siempre había las mismas letras. El mismo maldito cartel. “Aquí no hay nada para ti”.

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tec. Cet. Tecet. Cotet. Titoc. Citoc. Citac. Tac. Tic. Tac.

Se sentó en el suelo. La piel estirada por el efecto del sol. Con sed. Con hambre. Sin una sonrisa. No sabía qué más hacer.

Divagó. Pensó en las posibilidades. ¿Cuántas  habría? Millones, sin duda. Todos sus compañeros lo habían conseguido. Algunos no estaban contentos, claro. Pero allí estaban. Con su objetivo. Con su chiste. Con su sonrisa. Al fin y al cabo no pedía tanto, ¿Verdad? ¿O sí? ¿Era mucho pedir? Tenía unos buenos zapatos. El pantalón no era lo mejor, pero daba el pego. Quizás no lucía las orejas que todos tenían, eso estaba claro. Pero sabía hacer reír. Sabía hablar con cariño a las plantas. Sabía preparar acertijos para las lagartijas que tomaban el sol en las rocas. Sobre todo, sabía hacer reír.

Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Catacrac.

Estampó el reloj contra la pared. Cayó hecho mil añicos. Era lo último que guardaba de su vida anterior. Antes de sus cambios. Antes de las encrucijadas. Hace mucho tiempo regaló su mejor chiste. Regaló su sonrisa. Y el otro niño la rompió. La maltrató. Y nunca más supo reír.

Ahora ya lloraba. Lloró y lloró. Las lágrimas hicieron charco, y un agujero en el suelo abrió. Cayó. Cayó durante días. Y cuando no podía caer más, paró. Se rompió las uñas de las manos y de los pies intentando subir. Pero no puedes subir sin un buen chiste. Y cuando todo parecía acabado, empeoró: anocheció. Y los lobos ulularon.

Salió del túnel para encontrarse con otro, montado a caballo. Acababa de entrar, no hacía ni diez minutos. Sonreía, el muy cabrón. Apartó el cartel con las letras “Aquí no hay nada para ti” y siguió el camino. Salió en menos de una hora. Y él se quedó otra vez solo. Pero claro, no tenía caballo. Solo un reloj roto, dorado, viejo, con una cadena oxidada. Había perdido incluso la sonrisa. Y ahora solo le quedaba sucumbir.

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