Teoría del vagón

He abierto el portátil y, simplemente, voy a escribir. Sentado en una silla del aeropuerto, hay una cosa que te quiero decir: toda la noche estuve sin dormir… no, casi mejor no, no es muy original, ¿verdad? Me ha fallado el subconsciente ya que estoy con el iPhone y la música a toda pastilla, y justo sonaba esa canción. Levanto la mirada para ver como una chica de esas que tiene un cuerpo que quita el hipo pero cara de no haber chupado una polla en su vida pasa justo delante de mí, y observa el asiento que hay a mi lado. Se deshace de cualquier idea de sentarse allí y se desplaza un par de asientos más a mi izquierda, sentándose entre una mujer de mediana edad y un gafapastas de esos que pueblan el espacio cultural de Barcelona hoy en día. Me pregunto qué ha impulsado a esa chica a tomar esa decisión, y no otra. Supongo que no soy lo que llamaríamos un plato apetitoso, eso está claro. Anuncian mi tren. Sant Vicenç de Calders, via deu; Sant Vicenç de Calders, via deu. Casi mejor sigo luego, solo me faltaría perder el tren.

Ya estoy en el vagón. En la parte de arriba, como siempre, ya que tengo la teoría de que la gente con más energía o más previsora tiende a subir allí, y los más cansados o pesimistas lo hacen en el vagón de abajo. Es una de tantas teorías que tengo en mente y que nunca puedo comprobar, ya que la mayoría de ellas no tienen sentido alguno. A lo que iba. Vuelvo a estar solo en el panel de cuatro asientos, como es costumbre. La mayoría tienen como mínimo dos o tres personas, y los bloques de seis, hasta cuatro o cinco. Pero el mío es de los pocos que va solo con una persona, yo. No acabo de entender el porqué. En un principio pensé en que sería por la barba: acostumbro a lucir una barba de muchos días, sin arreglar, y según más de un amigo “como si fuera un moro”. Pero resulta que cuando la llevo recortada, o las pocas veces que voy afeitado, la gente tampoco se sienta a mi lado. He pensado que tal vez sea porque soy grande: mido 1’90 y peso más de 110 kilos. A saber. Acaba de entrar un violinista en el vagón. Otro de esos que a través de su música intenta sacarse algo de dinero adicional. Es curioso como acostumbro a dar dinero a estos músicos callejeros si lo que tocan me dice alguna cosa, y en cambio a alguien que simplemente pide limosna no le he dado nunca un céntimo. De todas maneras este no me inspira demasiado. Tocar el violín es complicado, y este no suena todo lo limpio que podría sonar. Qué cosas, soy exigente hasta con los vagabundos. Me vuelvo a colocar los auriculares y dejo que siga sonando mi propia música, que es más fácil que me guste (aunque ahora suena una versión del Puede ser de El canto del loco en catalán, para la Marató de TV3 que no es un tema que me guste especialmente).

El aspecto físico nos condiciona, eso está más que claro. Aunque la mayoría de la gente promulgue a los cuatro vientos que no se fija en ello sí lo hace, aunque como un rasgo distintivo negativo (algo así como importancia física – si seguimos con la teoría de Fonética y Fonología, que justo ahora estoy estudiando). Yo mismo soy víctima de ello. Digo que no me importa, y no es del todo cierto. Lo que pasa es que lo tengo en el aspecto positivo de ello. Me explico: cuando decimos que nos importa el aspecto físico normalmente nos referimos a que un vagabundo, alguien con rastas, una chica gorda, un negro o un moro… nos producen un rechazo en algún aspecto. Por otro lado, alguien con traje, un par de ancianos paseando por un parque, un policía o un par de niños nos pueden causar una empatía prejuzgada. A mí ese aspecto físico no me importa. Pero hay cosas con las que sí tengo que lidiar. Un hombre trajeado me produce rechazo. Me da la impresión de querer formar parte del juego con demasiadas ganas, o que me quiere vender algo. Ya ni os cuento el asco que me da alguien con un uniforme. Me voy del tema, mejor sigo a lo mío.

Mientras suena Suddenly Seymour vuelvo a mis cábalas iniciales: no tengo ni idea de cuál es el motivo por el que la gente no se sienta a mi lado. Mi mal aspecto, si es que es tal, no afecta a otros aspectos de mi vida. Por ejemplo: la gente tiende a preguntarme sobre direcciones, o sobre paradas de metro. Me pasó incluso en Berlín, aun siendo claramente extranjero. No sé si es que tengo pinta de “saber dónde están las cosas” o algo parecido, pero es un hecho que me preguntan. ¿Por qué me preguntan si es el tren correcto, pero luego no se sientan a mi lado a disfrutar del viaje? Juro que uso desodorante y esas cosas. Tendré que consultar con uno de esos asesores de imagen, que en Barcelona debe de haber a patadas (ahora dudo si ese deber de va con de o no, luego le echaré una ojeada al DPD… hasta donde yo recuerdo si el deber expresa obligación va sin de, como en debo ir, pero si expresa suposición va sin de…). En fin, que se me va la olla. Besis

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Un pensamiento en “Teoría del vagón

  1. La gente que solo mira el aspecto físico de una persona o lo que le puedes aportar a ella, nunca van a producirte felicidad, porque es su propio ego el que quiere estar contigo. Pienso que debemos rodearnos de personas que nos quieran por lo que somos, por lo que tenemos en nuestro interior. Es un tópico lo que digo pero es la pura verdad. La belleza es efímera y no asegura el amor eterno y el corazón sí. ¿Crees que esa forma de pensar la compartía la madre Teresa de Calcuta, por poner un ejemplo, o los miles de misioneros y colaboradores de ONG que van por todo el mundo ayudando? Solo dan amor sin importarle el aspecto. Cuando aprendamos a dar amor incondicionalmente nos libraremos de las barreras y prejuicios sociales que no hacen otra cosa que impedirnos ser feliz y que impiden conocer gente maravillosa en este mundo,como tú, que podrían enriquecer sus vidas, posiblemente mucho más que cualquier galán de cine.Pero hay que empezar por nosotros mismos, cambiando la forma de pensar y sintiéndonos afortunados por poder amar, intentar cada día ser mejores y evitar cometer los errores de los demás o sufrir nosotros por ellos, ya que son SUS errores, no los nuestros.

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