Frontera azul

Beatriz lloraba desconsolada. La lámpara estalló contra el suelo. Su padre vociferaba por el pasillo, lanzando objetos aleatorios hacia direcciones no tan aleatorias. Su madre también lloraba, aunque ella, a diferencia de la niña, intentaba controlar los sollozos de manera más que visible. La mejilla enrojecida relejaba otra muestra de la rutina que se instaló en esa casa meses atrás. Cuando el corpulento patriarca abofeteó por enésima vez aquella semana a su madre, Beatriz seguía llorando sin entender qué había hecho su madre, y por qué se empeñaba en repetirlo.

Guille no tenía claro cómo había llegado a esa situación, aunque tampoco se mostraba muy arrepentido, a juzgar por la ratificación constante que mostraba con orgullo con sus amigos. Su padre, el abuelo de su niña, no dudó en los dieciséis años que educó a su único hijo a cruzarle la cara cuando era necesario, y a su parecer había salido bastante “potable”. Nunca pensó en que hubiese sido necesario educar a su mujer, a la que amaba por encima de todas las cosas, y menos aún tras comprobar que su hija había crecido educada, correcta, y amable, sin tener que castigarla jamás. Sumido en sus pensamientos, y sintiéndose satisfecho por la reprimenda de hoy, Guille se durmió soñando con que marcaba el último penal, dando la victoria a su equipo.

Merche estaba asustada. Muy asustada. Estaba aterrada. Ponía de forma errática prendas de ropa en una minúscula bolsa de viaje, intentando obviar los pinchazos que su brazo entablillado profería a gritos hacia su cerebro. Acababa de hablar con su madre, que no entendía muy bien qué estaba pasando con exactitud, y le había dicho que llamara a su hermana y le dijera que esta noche llegaba a Berlín a las diez. Que si podía pasara a recogerla, pero que llevaba su dirección por si tenía que coger un taxi. Que necesitaba su ayuda. Su madre no consiguió sacarle mucho más, y ella colgó asustada al oír la puerta principal. Era su hijita, que llegaba del colegio. Poco se imaginaba que no volvería a pisarlo. Merche cerró la pequeña bolsa de viaje, cogió el pasaporte y emprendió el viaje más largo de su vida.

Roser llevaba cerca de una hora sentada en la mesa del comedor, dándole vueltas a la llamada de su madre. No tenía la menor idea de qué estaba pasando, pero estaba convencida de que no era nada bueno. Abrió el pote de las galletas donde guardaba el dinero ahorrado, y sacó lo suficiente para comprar la comida extra y algo de ropa para su hermana. Desde el piso de arriba se oía a su marido resoplar mientras se peleaba con la cama que habían rescatado del trastero, intentando montarla. En un par de horas tenían que salir hacia el aeropuerto de Tegel. Le dio un escalofrío, que recorrió parsimonioso la columna vertebral, y se entregó a la tarea de hacer economías, como ella lo llamaba. Roser sospechaba que iba a ser un invierno duro.

Milagros se escudaba tras la ventana barrada del primer piso, mientras el marido de su hija aporreaba violentamente la puerta. La increpó e insultó, como nunca había pensado, exigiendo unos momentos con su mujer, o un teléfono al que llamarla. Siempre le había caído bien, su nuero, y curiosamente, Milagros nunca se había fijado hasta ahora cuán grande era.

Sonia estaba a medias en el trabajo. El control de seguridad del aeropuerto era un trabajo bastante aburrido, por contra de lo que solían pensar sus amigos, quienes siempre creían que los narcotraficantes y los tiroteos estaban a la orden el día. Ella controlaba el pasillo central, mientras sus dos compañeros resguardaban sendos flancos. El procedimiento era fácil: revisar el pasaporte de todos los clientes de su compañía, con cara amable y gestos meditados. Debía disimular cuando los hombres miraban su obligado escote, y también apartar de la cola con gesto firme a los pasajeros que no tenían los papeles en regla, o parecían extrañamente nerviosos. La chica que apareció al fondo de la cola le llamó la atención. Sudaba copiosamente, y olía su miedo desde allí. Una niña pequeña pendía del brazo sano -el otro aguantaba una chaqueta- y una maleta minúscula sin mucha ropa de abrigo colgaba de la espalda de la mujer, que no debía tener más de veinte años. Cuando se acercó directamente hacia ella, aunque tendría que haber seguido hasta su compañero, situado a la derecha, temblaba visiblemente. La azafata ojeó el pasaporte, y comprobó que no constaba la niña por ningún lado. Debía pararla, preguntarle dónde iba y cuántos días permanecerían en Alemania. No hizo ni una cosa ni la otra, y la dejó pasar con una sonrisa. Sonia no se sacó de la cabeza a la chica en todo el día, ni el brazo entablillado que vislumbró debajo de la chaqueta.

Wilhem no podía dormir esa noche. Ni esa ni cualquiera de las otras diez que su cuñada llevaba viviendo en su casa. Nunca había sido un hombre violento, ni tan siquiera bravucón. Recordaba que en el colegio no era de los que se metían en peleas, y siempre evitaba cualquier conflicto con una sonrisa y alguna broma de las que salían a borbotones de su boca con los nervios de la situación. No quería imaginar qué pasaría si el ex marido de la hermana de su mujer aparecía por allí. ¿Tendría que echarle a patadas? ¿Debería esgrimir sus inexpertos puños por primera vez en toda su vida? Desde luego que si no tenía otra opción lo haría. Wilhem tenía claro que sus bromas no valdrían para parar a ese monstruo que una vez compartió una cerveza con él en una barbacoa hacía ya seis años.

Bernard estaba convencido de que era su día de mala suerte. La mujer no había aparecido justo el día que tenía pensado llevar a cabo el plan tantas veces trazado en su mente. Llevaba unos diez años sirviendo un café muy largo, salpicado de leche, sin azúcar ni chocolate, a una atractiva mujer que sin falta había acudido semanalmente a su cafetería. Se sentaba, con su gran sombrero de ala, de un intenso color granate, y sorbía lentamente su café, mirando por la ventana como si el tiempo no pasara para ella. Era una mujer tímida, y no sabía mucho de ella: vivía en una casita en las afueras; su hermana vivía en la ciudad; su hija se preparaba para la universidad. El tintineo de la puerta le sacó de sus pensamientos, para desilusionarse viendo entrar por ella al mecánico del pueblo, buscando su glückwine de media tarde. Mientras se lo servía bien cargado de ron, como a él le gustaba, Bernard se dijo a sí mismo que la próxima vez que ella apareciera por la puerta, la invitaría a cenar.

Anuncios

3 pensamientos en “Frontera azul

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s