¿Tienes fuego?

No tenía ni idea de cómo había pasado. Una simple frase. Un par de cervezas. ¿y ahora qué? tenía que pensar en algo, tenía que encontrar la solución. No podía ser tan difícil. Había conseguido evitarlo, pero había ido de poco. Se encaminó hacia su casa, donde esperaba su compañera, la soledad. Sacó un pitillo e, ironías de la vida, no tenía fuego para encenderlo. Lo lanzó nervioso al suelo y sacó su teléfono. Marco el número y esperó. Él sabría qué hacer.

Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Empezaba a ponerse nervioso por la espera. Al final contestó:

—¿Sí? —Dijo con su voz ronca pero amable— ¿Quién es?

—Marshall, soy Albert —su voz ya emitía un tono de culpa, que su amigo detectó a la primera.

—¿Qué has hecho?

—No me jodas, Marshall, que no está el horno para bollos. La he cagado, y a lo grande —No se dio cuenta de que estaba doblando la tarjeta que sostenía entre sus manos, con la dirección de su nueva casa, que aún no conocía de memoria.

—No te jodo, tío, pero me acabas de despertar. Son las cuatro de la madrugada y ya me he hecho la paja de bona nit hace rato. O me dices qué cojones quieres o te cuelgo, y que te den, ¿ok?

—Ya… lo siento nen, solo estoy cruzado, ¿vale?

—Cuéntame. ¿Ha sido por ella? ¿Os habéis discutido? —dijo mientras se acomodaba en la cama, a juzgar por el ruido que Albert oyó por el teléfono.

—Ojalá —aseguró—. No tenía pensado salir hoy, pero ya sabes cómo van estas cosas. Estás en casa, tu mujer te dice que te la machaques con dos piedras, y te apetece echar un polvo. Y te metes una raya para no pensar mucho en el tema, ¿vale? y te largas, te buscas a una puta que esté buena y que te la chupe sin cara de asco.

Mientras hablaba nervioso, enfiló por la tercera calle, sin razón alguna, y se dio cuenta de que estaba a punto de llegar al inicio del viaje a pie, cerca del callejón. Dio media vuelta y entró en una parada de metro, donde se sentó en el primer banco que encontró. Aún faltaba casi una hora para que pasara el próximo servicio, el primero de la mañana.

—Estaba buenísima, marshall, una pelirroja de dos pares de cojones, y ni tan siquiera tuve que pedirla nada. Se acercó y me dijo “¿tienes fuego?” y… a los diez minutos me la estaba zumbando en un callejón.

—Tío, tengo mejores cosas que hacer que escuchar tus triunfos con las mujeres a las que pagas para que te la chupen, no sé si me entiendes pero…

—¡Que no la pagué tío! —le cortó laísta— ¡Me lo hizo gratis!

—¿En serio? —la voz del amigo y confidente desprendía interés de verdad por primera vez— ¿nada?

—No, nen, nada de nada. Pero lo más curioso es que al acabar, la dije… —no pudo seguir hablando.

Allí estaba. Como si nada hubiera pasado. La puta pelirroja. Se le acercó contoneándose enfundada en ese vestido estrecho que un rato antes había apretado contra su pantalón vaquero, y le habló con la misma voz sensual que recordaba.

—¿Tienes fuego?

Él no respondió. Estaba totalmente acojonado. Cerró la tapa del teléfono, colgando la llamada a su amigo, y automáticamente tuvo una erección. Sin venir a cuento. Ahora ya podría hacer lo que había evitado antes. No quería disimular, ni tan solo planeaba hacerlo. Haría lo que tenía en mente, lo que había estado deseando. Sonrió.

—Imbécil, que si tienes fuego —replicó la prostituta.

—Eh… sí, claro. Aquí tienes.

Encontró su encendedor en el bolsillo de siempre, aunque hace un momento hubiese jurado que ya lo había comprobado y no estaba. Se lo quedó mirando fijamente: Tenía una pequeña mancha de sangre, que limpió con el pulgar, y se lo pasó a la chica. Ella miró el encendedor y sonrió.

—Hola Albert —dijo mientras a él le recorría un escalofrío por el cuerpo— Así que eres tú.

Desde el exterior del callejón se oyó un grito leve, asustado. Minutos más tarde salía una chica rubia, bajita, con una gran falda que le llegaba a los tobillos y un gran paraguas amarillo. Lucía un gran puro habano, y sonreía.

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2 pensamientos en “¿Tienes fuego?

  1. ¡Hola Graciela!

    Ten por seguro que leeré esos enlaces que me envías, a ver si resulta que tengo un escritor gemelo por algún lugar del mundo.

    Muchas gracias y un abrazo,

    Lorien

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