El pequeño esclavo.

Llevaba una camiseta de manga larga ocre, desgastada, raída, con un oriental largo tiempo olvidado plasmado en el centro de la prenda que proponía un estilo de vida basado en el fluir. Unos tejanos totalmente desgastados y con varios remiendos caseros cubrían sus piernas, y unas zapatillas Munich beige luchaban por dejarse ver entre el montón de barro que se acumulaba en sus ropajes. El chico parecía recién salido de un tornado tropical, con nombre de mujer furiosa, aunque un detalle  destacaba más que los jirones de su ropa: Su cara estaba totalmente desfigurada.

Le faltaba una oreja, y la otra no era más que un bulto horrendo, semejante a esos trozos de longaniza que, incapaces de romper la tripa que los recubre, se hinchan de forma desigual hasta llegar al punto de eclosión. Tenía poco cabello, aunque esos pocos mechones eran tan largos que, de estar peinados, le llegarían a los hombros. El principal de ellos, con nudos varios y fango reseco, se desprendía sobre su cara, tapando uno de los pequeños ojos negros que decoraban su cara. La nariz era pequeña, diminuta, inexistente, y su boca enorme ofrecía unos dientes totalmente alineados, aunque amarillos, en la mandíbula superior, y repartidos de forma aleatoria en la inferior.

Se internó en el pantano, acompañado tan solo por el tintineo de las cadenas que pendían, oxidadas sobremanera, del grillete escondido en la manga izquierda de la camiseta. Sus dedos, doblados como los de un anciano atacado por una artrosis avanzada, buscaban una presa entre el lodazal. Llevaba días sin comer, y sabía que no podía dejar perder la oportunidad que la niebla le ofrecía. Su estómago rugía feroz, reclamando unas proteínas que, de no llegar, harían detener el ya saturado corazón del esclavo.

Un reflejo de plata, con tintes púrpuras, asomó entre las algas, y el chico se abalanzó contra él, clavando sus huesudos dedos en el lomo de la presa. Sacó victorioso el pez del agua, pero instantes antes de poder hincar bocado, apareció. Era preciosa, majestuosa, con unos ojos vivos y brillantes, llenos de vida, que miraban el preciado bocado. Estaba posada encima de un tocón de árbol, calcinado por un rayo años atrás, y sin mediar palabra el chico supo que debería luchar por su almuerzo. Ella también adivinó sus pensamientos, y durante unos segundos eternos sopesaron a su adversario. Era hermosa, muy muy bella, y no quería hacerle daño. Pero necesitaba comer.

Ninguno de los dos pensó en compartir la comida; ella no vió sus grilletes; él no vió los cuatro surcos ya cicatrizados que recorrían su pecho descubierto. Los dos sufrieron terribles tormentos en el pasado, y se habían olvidado del contacto con un amigo casual, un compañero de viaje oportuno con el que pasar mejor las dificultades que se presentaban en estos tiempos de individualismo y soledad. Ella abrió sus gigantescas alas y se abalanzó contra él, que ya se ponía en posición de defensa, preparado para actuar.

La refriega fue brutal, rápida y sin miramientos. Durante días el chico intentó recordar cómo se desarrolló con exactitud, pero no encontró recuerdos del combate en ningún agujero de su podrido cerebro. En ese momento pensó en que QUERÍA con todas sus fuerzas a esa águila. No es que quisiera poseerla, sino que la amaba. Era un ser  desdichado, como él, fruto de unas circunstancias que ninguno de los dos habían escogido, hijos de un sentimiento de rebeldía que no cuajó en su interior. Las heridas lo demostraban. Estaba decidido. Le daría la comida. La alimentaría y la cuidaría. Haría de ella el ave rapaz más feliz que quedase en la tierra. Así tenía que ser. Así quería que fuese.

Cuando salió del trance en el que se hallaba sumido con esos pensamientos, se decubrió con las manos llenas de sangre y plumas, y el águila en el suelo, graznando. El pez que había capturado se había desintegrado durante la lucha (al menos estaba seguro de no habérselo comido) y él había acabado con su única oportunidad de sentirse pleno, como antes se había sentido. Por su egoísmo. Por su violencia. Por su terquedad. Por el hambre vacía que sentía desde hacía muchos meses. Ella lo miraba desde el suelo, intentando levantar el vuelo, y él no pudo hacer nada más que echar a correr. Podría haberla ayudado, quizás incluso curarla. Pero él no sabía hacer tales cosas, y las lágrimas y sollozos que emitía la moribunda le impedían pensar con claridad.

Justo una semana más tarde, recostado en unas piedras y con el estómago aún vacío, entre estertores producidos por el hambre que le quemaba por dentro, se sumió en el último sueño antes de morir de inanición. Soñó con una águila enorme, bella, y soñó que él cabalgaba encima, contra viento y marea. Ambos sonreían. Y así tenía que ser.

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