Guerra de insectos.

La primera vez que me cambié de casa fue todo muy misterioso, muy poético. Tenía 18 años cumplidos y me fui a vivir con dos grandes amigos y aún mejor personas (a Rafa lo sigo viendo bastante, y a Iona me la encontré hace un par de días, igual de encantadora como siempre). Aprendí todo lo que significa sacarte las castañas del fuego, tener que organizar tu propia vida, y no tener que andar con peripecias en el coche para según qué asuntos.

En esa primera casa pasaron muchísimas cosas, muchísimas personas y algunas mascotas. Creo que siempre recordaré la primera borrachera, justamente en esa casa, después de tomarme una cantidad innombrable de sangre de heavy. Desde esa casa, y junto a la de mi madre, he “sufrido” siete mudanzas. Y ahora estoy inmerso en la octava. Llega un momento en el que te conviertes en un profesional del tema, y llegas a asumir ciertos hábitos sobre el movimiento y el empaquetamiento de cajas.

Pero más que del movimiento al realizar un traslado, os quería hablar del verdadero motivo por el que tengo que pulular tanto por el mundo. Me cuesta echar raíces. Creo que es así de fácil, aunque pueda buscar mil y una excusas para maquillar la verdad. Me pasa en demasiadas ocasiones que, una vez llegada la noche, me siento solo, como fuera de lugar. No estoy hablando de que me falte alguien que caliente mi cama, aunque a veces una cosa se busque como solución de la otra; estoy hablando de tener la sensación de que no pertenezco a ningún lugar que hoy en día haya conocido.

Tengo miedo que ese mismo sentimiento haga que quizás en otros seis meses esté igual en mi nuevo hogar que en el que estoy ahora, pero habrá una salvedad: mi compañero de viaje en estos momentos está igual de perdido que yo. Perdido a niveles más complejos que el no saber a dónde ir. Espero que lo entendáis, porque no creo que pueda explicarlo. Y todo eso lo pensaba ayer, mientras buscaba (y volvía a visualizar) documentales sobre insectos que se pelean entre ellos. La madre naturaleza es caprichosa, y da algunas virtudes a unos que otros ni siquiera quieren poseer, porque no pueden comprenderlas. Yo creo que soy así. Creo que todos lo somos. Cuando vienen las hormigas a atacar nuestra colonia, las termitas tendemos a bajar la cabeza y esperar que no te toque.

Somos insectos en guerra, minucias de un mundo que destruimos. No somos tan diferentes a ellos, buscando nuestro lugar en el mundo. Somos bohemios, somos revolucionarios, somos termitas en una gran caja de cristal. Y luchamos por sobrevivir del ataque de las hormigas. Luchamos por encontrar nuestra porción de tierra que nos represente, y poder sonreír con la mañana sin pensar en más cosas que qué haremos para comer. Somos legión. Somos carne de cañón que lucha contra cosas que no entiende. Somos insectos, y esta es nuestra guerra.

El documental, por si alguien quiere regocijarse en la ironía de la entrada:

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