Error 404: Extra life not found

No es ningún secreto: La muerte es un tema tabú. Por desgracia nos ha tocado vivir en una sociedad en la que no podemos hablar de la muerte con frialdad, debemos estigmatizarnos con penosos paripés protocolarios para demostrar cuánto queremos a alguien, y cómo vamos a echarlo de menos. Pues yo no soy así.

Recuerdo el funeral de mi bisabuela. No fue especialmente triste. Pensé que el ataúd era demasiado pequeño para que cupiese ella allí. La recuerdo jugando a cartas conmigo, explicándome las reglas de juegos que no entendía y soportando mis berrinches al no ganar nunca. Recuerdo poca gente llorar, y bastantes risas al salir. Pero tenía 96 años, y murió tranquila durmiendo. Y yo no lloré.

Recuerdo el funeral de mi tío. Mi padre lloraba (no había visto nunca llorar a mi padre). Enterrar a un hermano pequeño es muy difícil. Y enterrar a un hijo (como le pasó a mi abuela) aún peor. Recuerdo a mucha gente, y también risas al salir. Y yo no lloré.

No recuerdo el funeral del tiet, porque no fui. Con problemas en el riñón, un curandero le recomendó beber mucha agua y lo mató. Lo quería con devoción, me enseñó a atarme los cordones de los zapatos. Y no lloré por él.

Recuerdo su funeral. Lloré amargamente.

Mañana me voy para Zaragoza, me toca hacer el paripé. Estoy seguro que poca gente va a llorar. 89 años bien vividos se merecen un descanso, y mi abuela se lo ha ganado. Hoy he recibido la noticia, y no me ha sorprendido demasiado: me ha llamado mi hermano, serio. “¿Qué haces mañana?”; “tengo actuación de castellers”; “ya no, nos vamos a Zaragoza. La Yaya ya se ha muerto”. Yo he cenado igual, me he ido al cine, e incluso he ido a jugar un par de partidas al futbolín. Supongo que lo importante aquí de “la Yaya ya se ha muerto” es sin duda el YA. Le añade a la frase un tono de anticipación; de conocimiento; de poder.

Mi abuela vivió una vida plena, me enseñó muchísimo y me cocinaba unas migas como nunca las he probado. Si sabía que “sus chicos” tenían que ir para allá pedía pan duro a la panadera del barrio, molía concienzudamente los trozos y les añadía un poquito de agua. Las salteaba poco a poco, en tandas de “a puñado” para no quemarlas ni estropearlas. Y cortaba naranjas y uvas para acompañar. Ella no comía más que un platito pequeño, y aunque yo nunca lo probaba, pues prefería comer dos platos de migas, siempre preparaba un guiso de carne “por si acaso”.

Supongo que será momento de empezar a olvidarme de esas migas. Aunque aún recuerdo las partidas de cartas; las bromas del cubo; el cosquilleo en el estomago al mirarla; las inmovilizaciones entre risas; la taza que tintineaba.

¿Porqué debería olvidar entonces esas fantásticas migas?

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