La puerta cae

Mientras enterraba la nota entre las sábanas de la cama un golpe especialmente fuerte retumbó en la puerta, haciendo mover los goznes. Su corazón se aceleró, y decidió que no podía permitirse el lujo de caer con la puerta. Simple madera contra carne y huesos. Su lucha no acabaría hoy. No caería con ella. Se levantó rápido  y lanzó una silla por la ventana, rociando a los muertos que gruñían por la calle con una lluvia de pequeños cristales. Saltó por ella, se encaramó al alféizar y se precipitó al vacío.

Su mente se transportó a un amor prohibido, al que nunca renunció. Luego saltó a su padre, a quien tanto admiraba, y volvió misteriosamente a su perro, el que se lanzó a la espalda del primer monstruo con el que se topó, permitiendo que él se largara. Vamos a detener por un momento la imagen. Está el chico, empezando a intentar coger forma elástica mientras flexiona las piernas para minimizar el golpe en el suelo, quizás preparando una cabriola que le permita alejarse de esos monstruos un suspiro más. Si nos acercamos al otro lado de la calle -ojo con los monstruos, no tropieces con ninguno- veremos en la ventana del segundo piso del adosado rodeado de muertos a la chica, junto a otros, que miran consternados como nuestro intrépido amigo cae al vacío. Si nos fijamos más, incluso podemos apreciar que la mayoría de monstruos ha empezado a girarse por el ruido de cristales, provocando en un futuro no muy lejano ciertos problemas al saltador. Volvamos al centro de la acción, justo a tiempo para comprobar cómo la puerta de la habitación donde escasos segundos antes nuestro héroe decidía luchar por su vida se resquebraja y varias manos ya intentan penetrar en el recinto.

Podemos volver a darle al play para ver al desgraciado que rebota en el suelo mientras uno de sus tobillos, que se rompió varias veces en su niñez por su sobrepeso, emite un chasquido que se refleja en la cara del protagonista. Se incorpora en medio segundo y vuelve a la carrera, medio cojeando medio corriendo, hacia la casa vecina. No tarda demasiado en frenar su avance, impedido por la multitud que empieza a reclamar su ración de sangre. Tuerce a la derecha y aumenta su velocidad, ignorando todo lo que puede las punzadas que su cerebro envía a su pierna. En escasos minutos traza un círculo amplio, que provoca que pueda volver por la calle de la que acaba de salir, ahora ya libre de monstruos, que siguen persiguiéndole. Llega a el jardín, y comprueba que la puerta se abre luciendo unos guardias con bates de baseball que salen a recibirle, cual príncipe conquistador. Eliminados los pocos zombis que se interponían entre él y su salvación, entra en la casa, resoplando y con el corazón a punto de salirse del pecho.

No se da cuenta, pero está llorando. Al final, después de tanto meditar, tocará luchar otro día más.

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