Cansancio

Cuando logró bloquear la maltrecha puerta se derrumbó en la cama, despertando a un ejército de motas de polvo que se esparcieron como hormigas nerviosas por la aproximación de la lluvia veraniega. No derramó una sola lágrima, como era ya usual, aunque por dentro su corazón latía con rabia contenida. Simplemente no podía más. Hacía más de tres meses que estaba refugiado en aquella casa, desde que empezó todo. Debería llamarla hogar, aunque no tenía a nadie con quien compartir ese nombre. Lo había perdido todo. Antes de que ellos llegaran era una persona honesta, divertida, con una vida organizada y un tiempo mejor que ocupado. Sus aficiones despertaban la curiosidad de cuantos se entrecruzaban en su atareada vida, y sus ideales hacían enorgullecer a amigos y familia. Aunque no gozaba de fama de conquistador, todas las chicas con las que había estado valían su peso en oro. Algunas incluso más.

Los golpes le despertaron de su ensueño. Llevaba tiempo sin dormir demasiadas horas seguidas, y si lo conseguía rápidamente algún incidente lo despertaba y le ponía en marcha. Se dio una vuelta por la habitación, pensando por enésima vez cómo protegerla y cómo escaparse una vez entraran -siempre lo hacían- por la puerta que acababa de tapiar. Se dio cuenta de que no le importaba demasiado y volvió a la cama, reanudando la batalla entre las motas de polvo y los rayos de sol que se colaban entre los maderos de la ventana.

Estaba terriblemente cansado. Llevaba demasiado tiempo nervioso para relajarse y demasiado tiempo en alerta para sentirse con energías. Se le habían acabado. Golpe tras golpe la diosa Fortuna había minado su moral y sus esperanzas, haciéndole perder todo cuanto amaba. Colapsado, la palabra que se repetía constantemente en su cabeza, no despareció al sonar su teléfono móvil. Gracias a su generador conservaba un punto de acceso en funcionamiento, y se comunicaba con la casa de al lado, donde un grupo de vecinos también sobrevivía, mediante Whatsapp. De todas maneras esta vez ni siquiera miró el teléfono. Día tras día todos habían acudido a preguntarle tonterías a él, como si fuera el gran líder que todos necesitaban. Y él seguía estando muy cansado. Cogió un pedazo de papel y escribió las últimas palabras que vomitaba su corazón.

La vida es injusta con la mayoría de las personas, pocos son los afortunados de gozar de una vida plena sin demasiadas complicaciones. Muchos de los desdichados no hacen nada para cambiarlo, simplemente siguen al grupo sin lamentarse demasiado con lo triste que es su vida, creyéndose mejores que el cadáver del lado por tener la carne un poco menos podrida o el ojo derecho más en su sitio. Hay unos pocos que sobreviven, y una ínfima parte viven.

La vida no es más que decisiones, dicen algunos. Otros imbéciles aseguran que el tiempo pone a cada uno en su lugar y le da el trocito de pastel que se merecen. Dudo ambas afirmaciones. Las decisiones son sumamente importantes, hasta que chocan con decisiones de otros más poderosos que tú. Y el pastel se reparte entre cuatro afortunados, mientras los otros se mueren de hambre. Hoy me siento hambriento: he tapiado demasiadas ventanas, muchas puertas han caído ya. Sigo luchando por ver el sol, aunque lo hago como parte de una rutina que me consume por dentro. Recuerdo que de pequeño siempre decía que quería ser como Papá Noel -muchos juguetes y pocos días laborables-. Resulta que ni tan solo existe, y tengo que conformarme con que no se coman mi cerebro. Supongo que ya desvarío. Los golpes siguen retumbando en la puerta y en mi cabeza, y no creo que pueda tapiar una sola puerta más.

La vida seguirá, esté yo o no. Pero si esta puerta cae, yo caigo con ella.

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