¡Feliz Navidad?

Quiero aclarar que no me gusta la Navidad.

No es ninguna novedad para la mayoría de vosotros, pero el otro día comprobé las estadísticas del blog y, ¡resulta que tengo casi 180 seguidores que no tengo ni idea de quién son! Así que creo necesario despejar ciertas dudas respecto a la Navidad.

Creo que es esa necesidad de llevar la contraria que acarreo desde bien pequeño, y que me hace ser lo que podríamos llegar a señalar como un tío repelente. No hay problema, lo tengo claro. Soy como soy y me da bastante igual cómo sean los demás. ¿Egoista? Quizás. Justamente esa fuerza que me obliga al ver a alguien con un estado mínimamente religioso en Facebook y soltarle un rapapolvo, o la manía de poner música en catalán a todo trapo cuando voy por una ciudad zaragozana, por poner un ejemplo; esa fuerza es la que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Provocar es una forma muy divertida de hacer pensar a la gente (o eso decía Rubianes).

Y es que no lo puedo evitar. ¿Qué más le da a la sociedad si soy feliz o no? no le importa en absoluto. Tan solo necesita que hagamos nuestras compras, que movamos un poco el pequeño engranaje oxidado del sistema e intentemos que no explote la máquina. El banco claro, que va justo. Los cojones. Pero no he venido aquí hablar del banco. Ni de los políticos. He venido a hablar de la felicidad en Navidad. Tienes que ser feliz. No es un recomendación, es una obligación. Siéntate en familia, compra regalos, quiere a tus amigos. El resto del año no es tan importante, ya pensaremos otras cosas.

Hacemos propósitos de año nuevo, nuestras mejores intenciones y aún mejores deseos para gente que no nos importa una mierda el resto del año. Aspiraciones a nada para intentar sentirnos mejores personas, girando la cabeza al ver un mendigo en la calle, iluminado por las luces de Navidad. Compramos regalos para los niños, pero también para los adultos, siguiendo a un gordo chaquetero cafeinado que solo nos recuerda qué comprar y cuándo comprarlo. Puro marketing, oiga.

Quizás sea porque no tengo niños cerca. La familia con chiquillos vive lejos o muy lejos, y la gran inmensa mayoría de mis amigos y conocidos tampoco tienen descendencia (algunos hay, pequeños Rocas en el desierto). Pero tampoco me veo celebrando la Navidad “a lo capitalista” con mi prole. Tengo pensado decirles que tengo un trato con los reyes magos, que ya que yo puedo permitirme el lujo de comprar los regalos a mis hijos mejor gasten su escaso fondo para el resto de niños. Mis crios tendrán sus fiestas (a lo mejor las hago en septiembre, antes del cole) y yo tendré mi provocación. Algo para que la abuela de los niños pueda discutir con sus gatos.

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