Historia para no dormir (V)

CAPITULO 3: EL VIAJE. RELEER

Thord tenia una increíble resistencia y una habilidad inaudita para correr. Estuvimos durante mas de tres horas a una velocidad considerable y el fortachón orco no había intentado siquiera buscar alguna excusa para poder pararse, así que decidí, por nuestro propio bien si teníamos que enfrentarnos a enemigos fallecidos, descansar un poco.

-pararemos a descansar en esa pequeña llanura que hay al suroeste de nuestra dirección y luego seguiremos nuestro camino-
-estoy bien amo- ese comentario me marcó bastante- puedo continuar un par de kilómetros más-
-no Thord, no, descansaremos ahora y dejaremos pastar un rato al caballo-

Nos paramos a descansar durante un par de horas y comimos un mínimo de comida, la suficiente para aguantar durante el resto del día y reemprendimos el duro viaje.
Hacia un calor horrible, y los prados, teñidos de un color amarillo cenizo, ondeaban ágilmente esquivando el aire de una manera poco grácil, pero sin duda efectiva.
En realidad, lo único que hacia soportable el viaje era el aire, que por suerte era fresco, además de ciertos “apagones” provocados por algunas blancas nubes que se interponían entre el sol y nosotros dos, que andábamos a un ritmo considerable, teniendo en cuenta que Thord iba a pie.
Cuando tan solo quedaban 3 Km. para llegar a la pequeña ciudad pesquera de Releer Thord divisó un pequeño grupo de figuras que estaba quietas en torno a una especie de carromato que estaba volcado.
Desde ese lado no se distinguía nada mas y era muy arriesgado acercarse mas, así que decidimos vadear al núcleo de gente y intentar ver algo desde unos arbustos situados a unos metros del carromato.
Dejamos el caballo bien atado en un árbol y nos dirigimos a los arbustos, siempre vadeando a las figuras, que ya pudimos distinguir estaban parcialmente vendadas: un brazo, la cabeza, el costado, y demás, pero lo que mas nos sorprendió era que ninguno hablaba, por lo que dedujimos que eran zombis. No tardamos mas de diez minutos en llegar a los condenados arbustos, que resultaron ser zarzales y nos provocaron ligeras heridas en brazos y cara, pero pudimos ver perfectamente lo que pasaba, y no nos gusto:
Debajo del carromato había tres fornidos guerreros que, con sus espadas, atacaban infructuosamente los miembros inferiores, esto son, las piernas, para intentar matar a alguno de aquellos diablos. También había allí dos mujeres y un elfo hembra, con un arco largo y algunas docenas de flechas, que no utilizaba porque seria un gran derroche.
Esta situación nos dio algunos males de cabeza, pues un fuerte dilema se planteo delante de nuestras narices, pues había allí mas de treinta zombis y no era muy razonable intentar salvar a aquellos pobres diablos, pero podía ser una buena ayuda cuatro guerreros mas.
Con un leve grito pusimos en alerta a los ocupantes del carromato de que intentaríamos ayudarles y otro leve chillido nos dio a entender que se nos había comprendido.
Una vez cargado mi brazalete con dos flechas me desmarqué por la izquierda y le di ordenes precisas a Thord de que cuando yo me alejase con los zombis, o eso esperaba, Thord tenia que volcar el carromato y, a ser posible, escapar con él y todos sus componentes.
Me alejé a una distancia considerable y descargué el contenido del brazalete contra el tumulto y un muerto viviente cayó al suelo para ya no levantarse mas.
El grupo de enviados del demonio se dividió en dos partes; la mayoría de los zombis vinieron hacia mí y otro pequeño grupo, de siete u ocho, se quedó en el carromato intentando comer un poco.
Otra descarga del brazalete hizo caer a otro zombi, y otras dos descargas enviaron al infierno a otro ser demoníaco. Cada descarga me aseguraba mas una mejor puntería y casi siempre acertaba en el corazón, aunque como solo podía disparar las flechas de dos en dos, pues había un seguro que así lo exigía, perdía muchas flechas.
Empecé a retroceder y decidí no malgastar mas flechas, por lo que no cargué mas el brazalete y saqué mi espada, mas para sentirme mejor que para defenderme.
Una ligera ojeada al carro me permitió ver como Thord empezaba a luchar, con su espada orca, contra ocho zombis, que empezaban a acumularse. De repente el carro se levantó y los tres guerreros atacaron, por detrás, a los zombis, mientras que el elfo hembra se alejaba, seguramente para tomar posición para franquear en el combate.
Thord luchaba con todas sus ganas y le hundió rápidamente la espada en el corazón de uno de los monstruos, que cayó fulminado para levantarse cinco minutos después y coger por la pierna a uno de los guerreros, que se resbaló y cayó al suelo, siendo mordido por el zombi.
Thord clavó en el corazón del maldito monstruo su espada y cogió una substituta, la del soldado muerto. Era una espada forjada para y por humanos y no le gustó mucho a mi querido amigo orco.
Con su nueva adquisición hundió unas cuantas veces la espada en sus oponentes y por fin se dio cuenta de que ya habían eliminado a todos los cadáveres.
Yo llegué a la escaramuza un poco tarde, pues tenia que rodear al lento pero continuo tumulto de zombis que ahora deshacía camino para llegar donde mis nuevos compañeros estaban.
Thord, como buen guerrero orco, estaba rematando a los cuerpos, pues no se fiaba mucho de que hubiesen muerto.
Cogimos el carro, lo atamos al caballo, que la mujer elfo ya había traído muy eficazmente, y emprendimos la huida, siendo esta muy fácil debido a la increíble lentitud de los monstruos.
En cuanto nos aseguramos la huida empezamos con las presentaciones:
Los guerreros se llamaban Dorontus y Derek, y las mujeres eran sus esposas, Charlote y Claudia. La mujer elfo se había unido a ellos hacia tan solo dos horas, en un pequeño bosque, y se llamaba Lauranthalasa, el guerrero que había muerto en la pugna era conocido como Laureen.
Continuamos el camino hacia Releer, que calculamos faltaba ya muy poco, pero no teníamos ni idea de que nos encontraríamos allí, no sabíamos si habría zombis, si Gina estaría allí y ni tan solo cuanta gente tal como conocemos el concepto de gente, ahí residía.

Un gran cartel de madera con unas letras pintadas de negro indicaba que entrábamos en territorio de Releer, territorio pesquero de toda la vida y con una población de treinta personas, con casas pequeñas, mucha costa y pocos soldados experimentados, tan solo cinco. Aun así, el pueblo estaba rodeado por una pequeña valla con estacas y una sola puerta, custodiada por dos torres con tres ballestas fijas por edificación, además de una veintena de mercenarios bien formados contratados por el alcalde y que vivían en un campamento al lado de la aldea. La razón de esta pequeña fortificación era el continuo ataque de orcos por el sur del pueblo y por mar.
Toda esta defensa daba a pensar que era un buen lugar para refugiarse, una vez limpiado el interior de monstruos, claro!
Una vez divisadas las torres pudimos observar que había tres figuras en cada torre, lo cual nos alegró bastante, pues indicaba que la ciudad estaba tomada por los “vivos”.
Empezamos a correr en dirección al pequeño pueblo, pero cuando divisamos la puerta nos frenamos en seco: había una batalla en las mismas puertas de Releer.

Nadie dudó ni un solo momento acerca de lo que teníamos que hacer, pues las mujeres cogieron dos herramientas de labrar campos, exactamente una hoz y una horca, y se prepararon para luchar, al igual que Thord, Derek y Dorontus, que desenvainaron sus espadas y prepararon los escudos, al igual que Lauranthalasa, que cogió el arco y se preparó para disparar a cualquier objetivo.
Empezamos a avanzar en una formación de protección de los arqueros, en este caso la arquero, y permitimos a las féminas de ponerse dentro de la formación.
Cuando llegamos a veinte metros de la puerta del pueblo, abierta de par en par, distinguimos los dos contingentes que pugnaban por el control de la pequeña ciudad.
Un centenar de zombis, que provenían del interior del pueblo, luchaban contra unos cuarenta humanos, que venían de fuera, exceptuando a una decena que estaba también dentro, además de los seis arqueros situados en las torres.
La batalla hacia muy poco que había comenzado, pues los muertos no ascendían ni a media docena, pero estaba claro que los humanos perdían terreno fácilmente al estar divididos.
De todas maneras estaba claro que media docena de hombres mas no les haría ningún mal.
Cargamos con total decisión, destruyendo la formación y rápidamente perdimos de vista a Lauranthalasa, que se apostó en una minúscula colina a diez metros de la escaramuza.
Nuestra llegada fue celebrada con diversos vítores que se ahogaron rápidamente por la batalla, que ya empezábamos a ganar.
Avancé y me puse espalda contra espalda con un hombre que tenia una herida en el hombro, provocada por una batalla librada ya hacia muchos años con seres totalmente vivos y no con estos putrefactos monstruos. Mi aliado y yo iniciamos un dialogo que se basaba en indicar quien sufría mayor peligro y de donde provenía, siempre con palabras cortas:

-dos por tu derecha, tres por la mía!-
-gira 35º a la derecha, tengo mejor protección!-
-vigila el flanco oriental, esta concurrido!-
-dos pasos adelante, zona limpia-
-aun no, se acercan tres por allí!-
-los han interceptado! Avanza!-
-avanzando!-

después de varios minutos machacando zombis, en un descuido, mi compañero cayó por el ataque de dos cadáveres y tuve que alejarme, no sin antes seccionar a uno de los asesinos de mi compañero uno de sus brazos.
Avancé por el terreno y vi como Thord estaba atacando a un contingente de media docena de enemigos junto a Derek y dos hombres mas y vislumbré que Lauranthalasa aun disparaba flechas, junto a dos arqueros mas que se le habían unido. En un acto reflejo levanté mi espada y esquivé una estocada dirigida sin duda a mi. Rodé lateralmente por el suelo y me levanté enfrentándome a mi enemigo y vi a un guerrero, con armadura y escudo, además de la espada, pero era zombi!

Sin cuestionarme la extraña criatura a la que me enfrentaba cargué contra ella y vi como se apartaba y me lanzaba un sablazo que me costó esquivar, pues iba dirigido con una gran agilidad. Desde el suelo escindí un pie a mi oponente, quien no cayó ni decayó ni una sola pulgada.
Otra estocada le hizo retroceder y dos flechas, una proveniente del montículo donde Lauranthalasa estaba y otra de la torre oriental le hicieron caer, para que después se volviera a levantar y se enfrentara a un fornido guerrero, al cual mató con la espada sin tan solo pestañear y después se giró para volver a atacarme y yo, con un grito, avisé a algunos de los guerreros de que tenia un problema.
En breves instantes el zombi-guerrero estaba rodeado por cuatro guerreros y yo, y empezamos a hundirle las espadas en su deforme cuerpo, y cayó varias veces, pero se volvió a levantar. Mató a dos guerreros y cuando iba por el tercero, dos flechas se clavaron en su cuerpo, y otra cayó cerca, en el suelo.
Las tres salieron de la torre de la izquierda, lo cual me indico que se habían percatado de que teníamos un problema y reaccionaron. Una lenta pero continua lluvia de flechas hizo que el monstruo se clavara en el suelo por una docena de sitios diferentes, pero aun así seguía moviéndose.
Como ya no se podía mover, ya que, aparte de las flechas un aldeano cogió dos espadas de guerreros ya muertos y las incrustó en el cuerpo del monstruo, dejándolo inmóvil, continué con mi batalla.
Reemprendí mi lucha y me junté con una mujer que llevaba una pequeña hoz para atacar y avanzamos por un flanco para llegar a los pies de la puerta, que estaba fuertemente custodiada por zombis corrientes.
La batalla se libraba furiosamente hasta que unos gritos procedentes de una torre indicaban que la decena de personas del interior de la aldea había sido aniquilada. La quincena de personas que quedaba viva fuera atacó con renovado interés y en pocos minutos ya habíamos exterminado a todos los muertos vivientes.
Las quince persona, mas los seis arqueros apostados en las torres y los otros tres del montículo del norte se reunieron en el interior de la villa y cerraron las puertas, habíamos ganado.
Cual fue mi alegría al encontrarme con Gina, Jon y Thord, además de Lauranthalasa y Derek.
Back, Berilo, Clift, Charlote, Claudia y Dorontus no lo habían conseguido y nunca mas los volveríamos a ver.
No hubo llanto, no hubo risas, no hubo emoción alguna. El grupo se dedicó a quemar los cadáveres de los beligerantes y apartar escombros de la puerta.
En cuestión de dos horas el pueblo estaba limpio, sin muertos, ya sean muertos vivos o muertos simplemente.
Durante la noche encendimos una fogata y nos reunimos en torno a ella. Hicimos un fondo común de comida y, junto la que sacamos de las casas, teníamos víveres para un mes.
Exceptuando a Gina, a Lauranthalasa y a mi, fueron retiradas todas las ballestas y flechas y puestas en un fondo común, situado junto al de la comida, en el almacén del pueblo. Cualquiera que quisiera flechas tendría que pedir un vale de diez flechas e ir al organizador, un tal Ricardo Bofillo, para que las flechas no fueran extraviadas.
Otra parte de la organización se basaba en que nadie tenía que ir nunca desarmado, por lo que se le entregó a Gina, Lauranthalasa y las demás mujeres espadas cortas o largas y escudos. Todas excepto la mujer elfo aceptaron el regalo y ya avanzada la noche organizamos los turnos:
Éramos exactamente 24 personas compuestas por nuestro grupo (Thord, Gina, Derek, Lauranthalasa, Jon y yo) seis mujeres mas, once hombres, tan solo siete de los cuales guerreros profesionales, y un anciano clérigo seguidor de Mishakal, antiguo dios de la curación.
Los quince hombres y las dos mujeres de nuestro grupo, además de otra mujer muy luchadora, harían los turnos.
Las dieciocho personas haríamos turnos de nueve, en el que seis personas subirían a las torres y otras tres deambularían individualmente por el pueblo. Al cabo de cuatro horas el turno se cambiaria.
A mí me tocó, como ya era previsible, en el primer turno en la torre oriental junto a un guerrero desconocido para mí y Gina, Jon y Derek deambularían por la ciudad junto a esa mujer luchadora y en la otra torre había tres guerreros mas. Los otros estaban en el siguiente turno.

Desde la torre se apreciaba perfectamente todo el pueblo;
A mi izquierda se situaban cuatro casas, el ayuntamiento, el almacén, la otra torre y el bosque de Hans.
Otras siete casas se vislumbraban a mi derecha, además del puerto, la herrería, el templo y el antiguo campamento de mercenarios, ya arrasado por los zombis y sin vida.
Detrás mío se extendía la llanura de Cronos y en el horizonte se oteaba el mar áureo.
El pueblo no era especialmente grande pero gozaba de una defensa que ni tan solo mi querida Ítaca tenía.
La noche prosperó sin contrariedades, salvo alguna pelea entre Thord y otro orco, que como tradición se encandilaron durante su turno.
Por la mañana tiramos la puerta del ayuntamiento, que estaba cerrado a cal y canto, y lo limpiamos de zombis. Encontramos aproximadamente una docena de esos monstruos ahí dentro, junto con otros tantos aldeanos muertos, pero la mayor sorpresa se produjo al entrar en la sala donde el alcalde dormía;
Tiramos la puerta abajo y vimos a la mujer del alcalde en el suelo con una flecha en el corazón y en los pies de la cama el hijo del alcalde, con una daga en la mano y las venas cortadas. El alcalde en persona estaba con una espada travesada en el torso. En la mano del alcalde encontré un pliegue con algunas hojas que relataban el duro acuartelamiento de un grupo de soldados. Creo necesario relatar todo lo que allí contenía así que me dispongo a exponer lo que leí:

“Día 1 del acuartelamiento
A quien corresponda:
Soy el alcalde de la aldea de Releer y me dispongo a relatar lo que creo que será, sin duda, una gran batalla. Nos hemos encerrado unas 20 personas aproximadamente entre ellas mi mujer y mi hijo, misteriosamente esta mañana algunos de los hombres del pueblo han sufrido una terrible mutación y se han transformado en muertos vivientes y han comenzado a morder y comerse a sus congéneres, amigos, y vecinos.
Los demás, una mayoría, no hemos tenido mas remedio que plantarles cara i hemos enviado a un mensajero para que nuestros mercenarios viniesen aquí pero el paisaje que nos ha descrito ha sido demoledor: los mercenarios luchaban entre ellos, el campamento estaba en llamas, muchos de los mercenarios se habían convertido en zombis y estaban destrozando a los otros. Una escena muy desagradable.
Nosotros por nuestra parte hemos conseguido reducir a los zombis del pueblo y hemos transformado el ayuntamiento en un improvisado hospital. Ahora nuestra mayor preocupación es el ataque inminente de los zombis que hay en el campamento de los mercenarios…
Siempre he pensado que la llave de la sabiduría abrirá a usted, querido lector, un nuevo pasaje de mi historia”

La carta acababa allí, no había nada mas escrito.
Obviamente les había sorprendido el súbito ataque de sus propios hombres que habían sido mordidos por los muertos vivientes i habían mutado. Cuando nosotros llegamos, el alcalde y su familia debían acabar justo de encerrarse en sus aposentos y habían decidido morir antes que tener que transformarse en esos putrefactos seres que tanto les repelían. La gente que quedaba fuera encerró a los zombis que quedaban dentro para librarse así del peligro que estos representaban.
No acabábamos de averiguar que querían decir esas ultimas palabras pero no les di importancia hasta mas tarde.
Cuando el relevo llegó bajé de mi torre y me dirigí al almacén, donde habíamos establecido los dormitorios. Como solo eran necesarias quince camas, pues siempre había alguien haciendo turno, instalamos 8 camas, para las mujeres, en el templo, donde el anciano ya tenia su propia habitación.
Otras quince camas fueron depositadas en el ayuntamiento, en el hall de este.
Me tumbé en la cama y contemple el fantástico techo de la sala. Enmohecido por la putrefacción antigua de los muertos, que no acababa de abandonar el recinto.
De pronto, y sin previo aviso, me vino a la memoria el fragmento del diario del alcalde.
“Siempre he pensado que la llave de la sabiduría abrirá a usted, querido lector, un nuevo pasaje de mi historia”
Como no me había dado cuenta antes! Me levanté y me dirigí a la habitación donde encontramos anteriormente los cuerpos del alcalde y su familia y examiné minuciosamente la estantería atiborrada de libros que había. Entre el libro de familia y uno que narraba la historia de Releer encontré una pequeña llave de cobre, con las letras DDT en una cara. Busque por la habitación y al no encontrar nada me fui a la cama. Mañana será otro día.
Cuando me levanté se me informó que un grupo de orcos, exactamente tres, habían sido encontrados por Lauranthalasa en un claro del bosque de Hans. Los tres orcos estaban destrozados, sin duda alguna por una bestia salvaje. Después de que Thord y el otro orco enterraran a los suyos hicimos una reunión para tratar sobre el monstruo que atrapamos durante la refriega.
La bestia era un hombre fortachón, con unos hombros gigantescos y unas manos que podían aplastar la cabeza de un hombre al momento. Este ente hubiese sido un perfecto aliado si no fuera por el pequeño detalle de que era un zombi, el cual no hubiese sido nada especial, dentro del marco que ahora vivíamos, si no fuese porque llevaba una armadura y una espada, que sabía utilizar tal y como vimos en la batalla.
Cuando le retiramos la arma y le atamos no podíamos creer la inteligencia que “eso” poseía.
Tenia una habilidad extraordinaria, incluso para un ser mortal, en la lucha y sus ojos parecían observarnos detalladamente. Cuando yo, que parecía haber tomado los dotes del líder del grupo, empecé a acercarme vi como sus labios descarnados y ensangrentados musitaban alguna cosa.
Me congelé y fui incapaz de decir nada en un buen rato. Cuando me hube recuperado le pregunté quien era, y mi sorpresa aumentó cuando un sonido gutural decía algo parecido a:
-misa ser enviado reina, misa atacar y matar todos tus. Tus morir cruelmente. Huba Guba matar a todos tus-
-tu nombre es Huba Guba?- pregunté
-misa ser Huba Guba, tu ser enemigo, Huba Guba matar tu y tus-
el diabólico ente nos comunicó que era un cabecilla del ejercito de zombis que pretendía matar todo ente viviente de Tierra Media, que no tenían líder y que había unos tres mil cabecillas como él, con la misma resistencia y poder, y que la única manera de matarlos era clavándoles una daga en el entrecejo, en el lugar en donde el cerebro depositaba la energía para vivir. Aplicando la nueva técnica y comprobando que daba muy buenos resultados, nos decidimos a llevar a ese Leviatán fuera.
Huba Guba había muerto, pero antes de morir, entre maléficas carcajadas, nos amenazó con que un ejercito de dos mil zombis, con media docena de cabecillas, se dirigía hacia allí. Teníamos dos días.

CONTINUARÁ

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