Historia para no dormir (IV)

CAPITULO 2: LA SOLEDAD

Yo estaba solo, sin Gina, en un callejón en donde un zombi yacía muerto frente al cuerpo de un campesino que, asustado, se había clavado su propia hoz en el hígado, desangrándose en unos momentos largos y dolorosos.
El zombi había muerto en manos de Gina, estaba completamente seguro.
Era fácil de adivinar debido a las marcas de los puñetazos en la cara desfigurada del no muerto:
Eran manos pequeñas y llevaban un anillo simple en la mano derecha, el anillo de matrimonio de Gina.
Además estaba claro que Gina estaba muy nerviosa, ya que la flecha clavada en el costado del cadáver indicaba que no había apuntado bien y que no se había tensado lo suficiente el arco.
Muy entusiasmado por seguir el rastro de mi hermana, avancé a paso ligero por el callejón, sorteando los diversos obstáculos, y pensado en lo acontecido anteriormente;

Estábamos muy nerviosos y no sabíamos que hacer. La situación era muy difícil debido a la numerosa presencia de criaturas.
Los aldeanos y dos lansquetes estaban mirando por los ventanales en un intento de contabilizar los enemigos a los que nos enfrentábamos.
En media hora sacamos en claro que no había mas de trescientos zombis.
Teniendo en cuenta que contábamos con unas doscientas cincuenta flechas, tras lo cual, y aplicando la tasa de error, podríamos tumbar a doscientos cuarenta zombis sin perder a un solo hombre, tras lo cual quedarían unos sesenta zombis contra trece arqueros sin flechas, tres niños, dos lansquetes, Gina y yo, lo que hacia un total de tres personas en condiciones de luchar cuerpo a cuerpo, catorce guerreros sin armas y tres niños. Demasiada poca gente.
No sabia lo que hacer y tenia la mente en blanco cuando de pronto se oyó un grito, a lo cual yo me gire y vi a uno de los lansquetes, un tal Jorge Aedes, dando mamporros con su espada contra la pared.
Mi cara se iluminó y grite eufórico la palabra de la sapiencia.
-eureka!-
-que te ocurre?- Gina parecía preocupada- se te ha ocurrido algo?-
-claro que si! Lo teníamos aquí mismo y no nos habíamos dado cuenta!
La gente, incluso el que golpeaba la pared, pararon de hacer sus quehaceres y me miraron asombrados.
Yo, junto con Gina, apartamos un banco de la puerta bloqueada y nos dirigimos, por orden mía, hacia donde Jorge golpeaba la pared.
A mi señal, el banco se aparto de la pared y acto seguido se acercó velozmente, provocando un estrepitoso ruido y el consiguiente deterioro de la pared.
A un segundo golpe cayeron un par de ladrillos, y al cuarto uno de los niños cabía ya por el boquete.
Esperamos impacientes hasta que el niño salió con un pequeño barril con alcohol.
Después de cuatro golpes más me introduje por el pasillo y avancé decididamente.
Era un pasillo angosto, mohoso y de unos dos metros de alto, con alguna antorcha apagada en la pared.
Hubiese dado cualquier cosa para tener yesca y pedernal, pero me conformé con la tenue luz del exterior y seguí avanzando.
Llegué a una sala con cinco o seis barriles sellados y con una ventana que daba a el exterior, donde pude observar muchos pies de zombis, pues según comprobé luego, el pasillo por el que acababa de pasar tenia una cierta inclinación.
Corrí la cortina de la ventana y se me apareció una sala recién pintada, con el suelo embaldosado y unos muy buenos cuadros.
La habitación tenia una puerta, que daba a alguna habitación del primer piso. Según mis cálculos daba a el recinto donde había encontrado yo las flechas.
La habitación hacia las veces de biblioteca, sala de armas, bodega y pasadizo secreto.
En la bodega había dos barriles de vino de muy buena cosecha y tres barriles mas de alcohol puro, seguramente para la fabricación de mejunjes y licores de gran graduación.
Encontré una caja con una antorcha nueva y una yesca, con la que encendí la antorcha.
De la sala de armas saqué una docena de espadas, que fui dando a los hombres desarmados.
Yo, con mi maza y mi espada ya tenia suficiente, por lo que di la espada que me tocaba a uno de los niños.
Los otros dos chavales y el hombre que estaba desarmado cogieron sendas dagas y algunos cogieron las escasas flechas que había en un carcaj que estaba en la pared colgado.
De la biblioteca no sacamos nada, solo había una caja fuerte con joyas de gran valor y unas dos mil monedas de oro, pero nadie tocó nada.
La situación estaba cambiando ahora, ya que las veinte personas que allí nos encontrábamos estábamos armados y teníamos veinte flechas mas, con lo que podríamos tumbar ya a doscientos sesenta zombis y solo quedarían entonces treinta.

De pronto me tropecé con el cuerpo de Jorge Aedes, con un mordisco de zombi en el brazo derecho y una daga clavada en el corazón. Lo mejor para el.
Seguí andando hasta que tropecé con una figura que se movía por detrás de unas cajas, la cual huyó después de ver como me acercaba. Supuse que él supuso que yo era un zombi.
Ni tan siquiera me esforcé en llamarlo, pues me había encontrado ya con dos personas que huían de mi sin poder hacer nada al respecto.
Entonces me di cuenta de que no tendríamos que habernos separado al salir de la casa, que tendríamos que permanecer juntos hasta la salida de la ciudad y que por supuesto tendría que haberles contado que en la puerta de la ciudad había cuatro personas esperando, pero no fue así.
Justo al finalizar la batalla el pequeño grupo de supervivientes se dividió ya en dos, uno se fue hacia el ayuntamiento y el otro hacia las afueras de la ciudad, pero poco a poco nos fuimos subdividiendo y al final cada uno se fue por su lado.

-de acuerdo el plan es el siguiente; descargaremos todas las flechas que podamos sobre los zombis y luego cargaremos contra ellos abajo, mientras los tres niños son defendidos por los dos lansquetes, para evitar que mueran- yo, muy sobreexcitado, intentaba sacar algún plan coherente para que la moral de esos campesinos, que ahora se disponían a luchar contra el destino, se elevara un poco y así se duplicaran las probabilidades de ganar- después intentaremos huir de la ciudad como podamos
-además, si nos esperamos mas- Jorge Aedes se puso en pie y se dirigió a el otro lansquete en especial, pero sin menospreciar al resto- los zombis seguirán llegando y al final no podremos hacer nada-
-puedo hablar señor?- uno de los niños, un tal Edgard Frischtin, se levantó y me dirigió esas palabras, a las que yo respondí con un signo de aprobación- creo, señor, que si intentáramos impregnar de alcohol a los cadáveres de ahí abajo quizá podríamos incendiarlos y así ahorrar flechas señor, aunque correríamos el peligro de que la casa se incendiara…
El silencio reino en la sala. Todo el mundo pensaba en las palabras del niño y en que ellos, adultos supuestamente intelectuales, pues entre ellos había dos profesores, un párroco y varios estrategas, sin contar a los dos lansquetes, no habían podido dar con esta simple solución.
Rápidamente tres hombres fueron a buscar los tres barriles de alcohol y encendimos unos papeles para prender una de las antorchas que había en el pasillo.
Rápidamente tiramos el contenido de los barriles, unos cientos de litros, sobre los muertos vivientes y algunas docenas de litros de ese ígneo liquido lo esparcimos por los pies que se veían por la ventana de la sala secreta, ya que a esos zombis no podíamos alcanzarles desde la ventana.
En todo momento sentí en mi interior un miedo inexplicable debido a la posibilidad que la casa se incendiara, ya que no había ninguna puerta de salida a excepción de la principal y no era posible saltar por las ventanas del segundo piso, descartando también las del primer piso por estar todas cerradas con tablas en un intento desesperado de la gente que se había auto asediado allí.
Los zombis, al sentir como el liquido les caía encima de las cabezas y untaba agresivamente sus pies, se estremecieron en un conjunto de gritos que, al unísono, formaban una especie de cantata de plegarias al cielo, o al infierno, en un intento desesperado de salvar su alma, ya que el alcohol, cuando actuaba sobre las heridas que se encontraban por toda la cara, escocía en un intento de curar las incurables heridas y los muertos vivientes se retorcían en un intento infructuoso de librarse del alcohol.
La antorcha estaba preparada y solo tenia que mover o inclinar ligeramente la cabeza para que un hombre la soltara y los zombis empezaran a arder.

Era una imagen que tenia gravada en la cabeza mientras avanzaba por las solitarias calles intentando recordar el camino correcto que me llevaría con Gina, Back y los demás compañeros y así poder huir de la ciudad.
Continué avanzando rápidamente, sin poder pararme a ayudar a los moribundos, pues la única ayuda que se les podía otorgar era la muerte y no podía matar a la gente con la que había convivido.
Después de cinco minutos de camino, en un callejón, dos hombres intentaban proteger a un tercero de una docena de zombis que avanzaban hacia ellos
Reconocí a dos de esos tres pobres hombres y corrí hacia ellos a ayudarles, intentando, eso si, no gastar flechas, pues había conseguido no disparar ninguna flecha en la batalla que anteriormente se había librado y no pensaba hacerlo ahora.
Mientras corría hacia esos hombres contabilicé mas o menos a unos quince zombis, lo cual daba cinco zombis por cabeza, algo elevado en realidad.
Me abalancé contra uno de esos putrefactos bloques de carne y le clavé una lanza que descubrí en el suelo cerca de una armería que encontré por el camino.
El cuerpo cayó en redondo al suelo y desenvainé la espada para atacar al segundo, que aun no se había dado cuenta de mi presencia.
Me lucré en sobremanera en atizar al no muerto y le amputé un brazo, un pie y la mano derecha, en la que había clavada una flecha, que saqué e intenté clavar en el corazón de un zombi que se acercaba por mi flanco derecho.
Lo hice y enseguida cayó al suelo mientras el zombi manco se abalanzó encima mío, pero por suerte le pude contener de una manera relativamente fácil y le endosé un golpe de espada en el torso y cayó definitivamente al suelo, pero con mi espada clavada aun en su deforme cuerpo.
Saqué la maza y cargué contra un zombi que estaba a punto de morder a uno de los hombres, hundiéndole la cabeza y haciendo que se cayera al suelo, mientras mi nuevo compañero le clavaba una lanza sin mango en el corazón.
El hombre, que reconocí como uno de los profesores que había en el grupo de la mansión, me hizo un signo de agradecimiento, supongo, por intentar ayudarles.
La desgracia intervino en ese momento pues el hombre cayó muerto, no sin antes quitarles la vida a dos zombis, por la mordedura de uno de esos monstruos.
Yo, después de acabar con el ser demoníaco que le había quitado la vida, le corté el cuello para que no se viese convertido en uno de esos seres de inmundo aspecto.
Quedaban tan solo cuatro zombis, a los que abatimos tan rápidamente como pudimos, no sin poder evitar que uno de ellos se abalanzara sobre el moribundo compañero y le endosara un mordisco, matándolo al instante.
El resultado fue de quince contra dos y verdaderamente no valió la pena.
El superviviente, un orco, decía ser un reo que, junto al resto de sus compañeros y un par de guardianes, había emprendido la huida de la ciudad, pero que en un ataque de los zombis él y otro compañero se habían separado del grupo y que horas mas tarde su amigo y primo había muerto en sus propias manos al estar convirtiéndose en uno de esos malignos personajes.
Anduvimos un rato y me explicó que se llamaba Thord Griko, orco perteneciente a una avanzadilla del gran Borgh, un señor orco que quería invadir Ítaca y esperaba poder hacerlo en una semana, pero por desgracia fueron capturados y encerrados y mañana tenían que fusilarles pero debido al incidente de los zombis les habían soltado y entregado armas, no sin antes hacerles jurar que no atacarían a los humanos (cosa bastante inútil en un orco, que venderían a su propio padre por unas monedas).
Enseguida nos hicimos amigos, pues yo le había salvado la vida y los orcos en ese tema eran muy creyentes en la idea de que si alguien te salva la vida se lo debes pagar con tu amistad .
Yo le conté lo ocurrido en la casa y no se pudo creer como diablos no se nos podía ocurrir lo del alcohol.
-pero que pasó después de que tiraseis el alcohol?- Thord preguntó muy intrigado- relátame la batalla por favor-

-ya!!!-
la antorcha cayó y golpeó en la cabeza de uno de los monstruos y luego cayó en el suelo, prendiendo los pies de los monstruos y posteriormente todo su cuerpo.
En cuestión de varios minutos todos o casi todos los zombis estaban quemándose vivos, o muertos según se mire, y nosotros nos limitábamos a mirar por las ventanas y a tirar agua a los zombis que empezaban a lanzarse sobre la pared, para que no se prendiera la casa.
No lo conseguimos durante mucho rato, pues a los diez minutos la casa empezaba a arder por tres sitios diferentes.
Había llegado el momento de salir a luchar, pero casi todos los zombis seguían vivos, pues el fuego es muy destructor pero a la par muy lento.
Jorge, el otro lansquete y yo intentamos convencer a todos los residentes de la casa de que era hora de abandonarla pero no pudimos hacer nada al respecto, pues tenían la idea de que la casa no se quemaría si se tiraba agua constantemente sobre las llamas.
Nosotros, muy consternados por la pobreza intelectual de aquellas gentes, aunque eran párrocos y profesores, no tuvimos ningún otro remedio que ayudar a intentar extinguir los fuegos, ya que si salíamos nosotros tres moriríamos enseguida y si no hacíamos nada el fuego se propagaría mas rápido.
Durante media hora vertimos agua ininterrumpidamente sobre las paredes y al final pudimos extinguir las llamas, tragándonos así nuestro orgullo.
Observamos el paisaje y era desolador: decenas de muertos se esparcían por doquier y algunos de los todavía vivos estaban restregándose por el suelo con la intención de aliviarse del dolor.
El júbilo se esparció por doquier y empezamos a gritar eufóricamente por haber conseguido acabar con lo que parecía un peligro infranqueable.
Entre gritos y lloros, todos de alegría, el inteligente niño que anteriormente había aportado la idea del alcohol nos indico entre gritos que mirásemos abajo y lo que vimos fue horrible:
Las decenas de zombis que no estaban calcinados por completo se estaban levantando y empezaban a cargar otra vez sobre la puerta, que al estar quemada se derrumbaría en cualquier momento.
En cuanto nos sobrepusimos contabilizamos a los zombis, que eran esta vez unos ochenta.
Era un numero muy alto y decidimos matarlos a flechazos lo antes posible, así que empezamos a cargar contra ellos.
Todos a excepción de los lansquetes y yo derrochaban flechas para paliar el numero de golpes que recibía la puerta, que ya no aguantaría mucho.
De pronto me acordé de los zombis que habían quedado en la sala principal y que debido a algún extraño motivo habían cerrado la puerta para salvaguardarse del fuego, lo que les otorgaba inteligencia, cosa que nos extrañó muchísimo.
– de acuerdo- dije yo- nosotros tres cargaremos contra los zombis del pasillo, pues quiero descubrir que diablos esta ocurriendo ahí, que indica que hay inteligencia en esos sujetos-
– quieres decir que alguno de esos seres puede tener un mínimo de racionalidad?- Jorge se estremecía con esa probabilidad- tendremos que averiguarlo-
abrimos la puerta y vimos que los zombis no estaban agolpados contra la puerta, sino que estaban intentando bajar, aunque algo les impedía el paso.
Yo no dude en cargar de inmediato contra uno de los cadáveres y le endosé un golpe con mi espada que lo dejo tambaleándose.
Los dos lansquetes no dudaron en lanzarse delante de mi contra los zombis y empezaron a hacer una escaramuza contra los no muertos, que al estar girados y muy comprimidos no podían girarse con toda facilidad.
No tardamos mucho en acabar con todos ellos, aunque le costara la vida a un lansquete, un tal Viílla James, que Jorge remato con un suave corte en el cuello.
Vimos la razón porque los zombis estaban girados y era que al final del pasillo alguien había puesto una mesa a modo de puerta y no podían pasar. Eso explicaba el porque alguien había cerrado la puerta de la entrada.
Echaron corriendo la puerta abajo y se vieron con cuatro de la cinco enfermeras convertidas en zombi y devorando el cadáver de la quinta, que estaba junto a la puerta.
En cuando acabaron con las cuatro enfermeras Jorge preguntó a Neirolh:
-como narices han podido cerrar cuatro zombis la puerta y poner una barrera atrancando a compadres suyos?-
-veo que no lo has notado- expliqué- esta claro que una de las enfermeras no estaba muerta y que se levanto y bloqueo a los zombis colocando un mesa y después cerro la puerta principal, dejando a los monstruos del exterior fuera. Luego, seguramente en poco tiempo, pues aun estaba cerca de la puerta, las cuatro enfermeras restantes se convirtieron ya en zombis y acabaron con su vida-
Jorge se quedó maravillado de mi perspicacia en la arte detectivesca y acto seguido subimos para ver como estaba la situación allí arriba.

-dios mío- exclamó Thord- se puede decir que eres muy bueno en esto-
-supongo que tuve suerte- exclamé con modestia- cualquiera pudiera haberlo adivinado fácilmente-
continuamos avanzando hasta llegar a una plaza en donde reconocí a Benin tirado en el suelo.
Era en donde habíamos estado hacia algunas horas.
Ni tan siquiera me paré para ver al cadáver, ya que al fondo de una calle un grupo de zombis avanzaban hacia nosotros, lo que hizo que empezáramos a correr hacia una tercera calle.
No era muy difícil comprender que estábamos perdidos y que posiblemente estábamos yéndonos hacia un camino equivocado.
– bueno, creo que ya puedes continuar tu relato- sugirió Thord

los hombres ya habían descargado su rabia -y sus flechas- contra todos los zombis y ya estaban cansados de tensar el arco.
– tan solo quedan unas tres docenas- nos informó uno de los arqueros- pero ya no hay mas flechas-
– que?- estalló Jorge- pero si teníamos tres veces mas!-
– pero estaban demasiado rabiosos para acertar ni tan siquiera a los zombis- se quejó Gina-
me asomé por la ventana y vi que había muchas flechas clavadas irregularmente en el cuerpo de los zombis, pero aun mas clavadas en el suelo.
Pocos de los zombis tenían clavadas flechas en la zona del pecho y abundaban las manos y piernas con alguna flecha.
Debido al nerviosismo de esas gentes habíamos gastado mas de doscientas flechas inútilmente y ahora teníamos que enfrentarnos a los monstruos cuerpo a cuerpo.
-puedes utilizar las flechas y tu brazalete- dijo casi susurrando el párroco- tienes de sobra-
-pero no lo entiendes!- grité- necesitamos guardar algunas docenas de flechas para después, ya que son escasas y no creó que encontremos más-
-te piensas que vamos a ir a luchar cuerpo a cuerpo teniendo aquí flechas?- dijo uno de los profesores- tu estas loco?-
-os puedo asegurar que vamos a bajar a luchar y conservaremos esas flechas -saltó Aedes- al igual que las de Gina, que tampoco las ha gastado inútilmente, como vosotros-
la gente bajó la cabeza y empezó a pensar que teníamos razón y en pocos minutos la mayoría estaba dispuesta a luchar.
En muy poco tiempo bajamos a la sala principal- el hombre que llevaba una daga se la guardó en el cinto y recogió el arma de Viílla- y preparamos una modificación del plan anterior.
-la situación ha cambiado bastante- comenté- ahora no podemos prescindir de dos hombres que protejan a los chavales, así que ellos también lucharán. A partir de ahí ya veremos lo que hacemos. De momento… a la carga!-
dos hombres abrieron las puertas de la casa y el grupo, formando una piña, cargamos contra el grupo de zombis y derrumbamos un par a la primera carga.
Entonces el grupo se dividió en dos; uno, formado por los tres niños y un hombre algo mayor, se encargaba de rematar los cuerpos de los zombis que estaban en el suelo, y también de matar a los mordidos por los muertos. El segundo grupo era la infantería, los encargados de “matar” a los apestosos cuerpos andantes.
Yo cogí mi espada y dejé mi escudo colgando de la espalda, pues realmente era un estorbo en situaciones en las que el grupo estaba tan compactado, y cargué contra el primer monstruo que se puso delante mío, una mujer que no tenia brazo derecho y llevaba dos flechas clavadas, una en el costado y otra en la pernera. Le rebané la cabeza y le hundí la espada en el corazón, sacándola llena de sangre.
La limpie rápidamente en el brazo de otro de esos seres inmundos, que se cercenó como si fuera mantequilla y me permitió, debido a que el monstruo se caía hacia la derecha, cubrirme contra la embestida de dos zombis, que rápidamente fueron despachados por tres hombres, entre los cuales Jorge estaba, aunque no lo pudimos celebrar mucho, pues un zombi se abalanzo contra uno de los hombres, el profesor Oak, que fue mordido sin mas remedio.
Jorge se lanzó sin pensarlo contra el causante del futuro semimuerto, dejándonos al hombre restante y a mi rodeados por cuatro cadáveres.
Me levanté y junto con Richard, espalda contra espalda, nos defendimos durante ocho o nueve minutos de los ataques de los muertos, matando tan solo a uno. La situación era insostenible, y Richard se abalanzó contra uno de los muertos, provocando que otro se le lanzara a la espalda, matándolo.
Le clavé la espada a un muerto viviente y le arranqué medio cuerpo, dejándolo en el suelo vivo, pero casi sin poder para atacar. Viendo que los zombis se acercaban muy de cerca, lancé la espada contra uno de ellos, haciendo que se cayera para atrás y permitiendo que yo le diera con la maza en la cabeza y se la hundiera hasta los hombros, haciendo que con un segundo golpe en el estomago pereciera finalmente.
Cuando me guardé la maza y desclavé la espada del cuerpo inerte del zombi que pretendía quedársela un monstruo se tiró sobre de mí, y si no fuera por Gina, que le arrancó un brazo, permitiéndome librarme del zombi, seguramente ese maldito cadáver me hubiera mordido.
– te debo una de las gordas Gina- dije mientras me lucraba con el zombi, ya muerto- espero que no llegue la ocasión de devolvértela-
– eso no será muy difícil, teniendo en cuenta que tendremos que luchar contra mas zombis en escasos segundos- decía Gina mientras miraba la batalla- pero me parece que vamos ganando-
– nos veremos después – le sonreí- vale?
– de acuerdo-
enseguida me dediqué a reanudar la lucha, sin dejar de mirar con el rabillo del ojo a mis espaldas, pues ya había tenido un par de sorpresas y no me apetecía demasiado volver a enfrentarme con un grupo de muertos que pretendía morderme.
Cuando acabé con un monstruo que reconocí como el secretario del alcalde de la ciudad levanté la cabeza y me di cuenta de que la batalla ya había terminado: habíamos ganado.
Solo seis hombres, contando a Jorge, habían sobrevivido y tan solo un niño seguía con las funciones vitales activas. Gina también estaba viva.
La alegría se multiplico cuando un hombre mató al ultimo de nuestros compañeros muertos para evitar que se convirtiese en zombi.
– tenemos que organizar una expedición hacia el centro de la ciudad para encontrar mas supervivientes- propuso Jorge- si nosotros estamos vivos no es de extrañar que haya muchos mas-
– no creo que sea lo mas correcto -dije- los zombis son muy numerosos y no sobreviviremos si nos dirigimos hacia el centro..-
– además- dijo Gina- tenemos a un grupo de amigos que están esperándonos en…
– pero quien diablos os ha dado el poder del cabecilla? -interrumpió un profesor- por mayoría nos dirigiremos al centro de la ciudad!-
– y porque eso?- saltó uno de los hombres- yo quiero ir a mi casa a buscar a mi familia-
en unos instantes el grupo empezó una terrible discusión y en seguida nos dividimos en tres grupos:
en uno estaba el padre de familia, que ya se había ido hacia su casa, en donde seguramente encontraría a un buen numero grupo de zombis que le mataría. En otro estaban los otros cuatro hombres y el niño, que se iban al centro a por mas supervivientes y yo estaba solo con Gina.
– será mejor que me vaya con Joseph, el padre de familia- se lamentó Gina- puede estar en peligro en breves momentos-
– yo me iré con el grupo que va al centro- dijo Jorge- les cuidare lo mejor que pueda-
yo me giré y, muy triste, me dirigí hacia donde estaba la puerta en la que Jon, Clift, Back y Berilo nos esperaban, pero justo cuando empezaba a girar hacia la derecha se oyó un ruido y me giré de golpe.
Vi como un grupo de zombis se lanzaban a la caza de Joseph y Gina y como el grupo mayor estaba casi rodeado por mas zombis.
Me lancé sin pensarlo al ataque pero Jorge me dijo que me largara, que salvara a Gina, que ellos ya se espabilarían.
Después de darle las gracias me lancé a la persecución de Gina, pero antes tenia que rodear un edificio bastante grande y tardé unos instantes en los cuales Gina y Joseph habían escapado ya hacia algún lugar y yo estaba ahora con un montón de zombis quemados que querían morderme y comerse mis vísceras, cosa que no es muy de mi agrado.
Mi única opción fue retroceder y volver hacia donde tenia antes planeado, la puerta de la ciudad, porque el grupo de Jorge se había disuelto debido a la desesperada huida que habían realizado.

– y entonces me encontraste a mi- dijo Thord- y me salvaste, gracias otra vez-
– no hay de qué compañero- respondí sinceramente- ahora deberíamos irnos hacia la puerta en donde mis compañeros nos están esperando-
– claro, lo que tu digas-
andamos durante mas de media hora hacia la misma dirección, matando a los zombis que se nos cruzaban y huyendo si no podíamos con ellos.
En poco tiempo llegamos a la puerta, pero no nos dirigimos directamente, pues ya vimos que allí había muchos zombis, y nos subimos al tejado de una casa, fuimos pasando de tejado en tejado hasta llegar al ultimo de la calle y vimos como en la trinchera, que así llamábamos al espacio que hay entre la muralla y la empalizada, había un caballo atado y una mochila colgando con una nota.
Nos deslizamos al interior de la trinchera saltando desde el tejado a unas pilas de heno que había y no salimos muy malheridos.
Me acerque rápidamente al caballo y miré en la mochila, que había aproximadamente provisiones para mí durante una semana de viaje, además de una nota, que leí nerviosamente:

“querido Neirolh,
no podemos esperarte mas y hemos decidido irnos, no sin antes dejarte provisiones para llegar a Releer, que es a donde nos dirigimos. Comprende que no podíamos esperar a ver si estabas vivo o no, ya que por muy buen guerrero que seas puedes haber muerto perfectamente. Nosotros viajaremos por la noche y descansaremos durante el día, así que procuraremos ir dejando algún tipo de pistas para que nos siguas y nos reencontremos.
Por favor date mucha prisa. Te quiere:
Gina”

Thord me puso la mano en el hombro y me intentó tranquilizar, pero todo lo que consiguió fue ponerme mas nervioso.
Comprendía que se fueran y les daba toda la razón, pero no podía contener la rabia.
Enseguida monté a caballo y emprendí el viaje, pero me olvidaba de un pequeño detalle: Thord.
Deshice los metros que había hecho y desmonte, pidiendo disculpas a Thord, que me dijo que podía irme, que no le importaba, pero yo no tenia la menor intención de dejarle ahí.
Sabia que los orcos comían carne cruda y le pregunté que si la carne de zombi le gustaba, a lo cual me respondió que no, pero que muy cerca había carne humana fresca, que la olía, y empezó a buscar.
En poco tiempo estaba escarbando en un lugar arrinconado, pero donde se había revuelto hacia poco la tierra.
– Joseph!- exclamé- debe de haber muerto y lo han enterrado aquí-
– pues tranquilo que ya tenemos alimento para mi!- se alegró Thord- si no te molesta, claro-
– no, puedes coger algo de comida- dije fatigado- me da igual-
el orco arranco un brazo al cadáver y también un trozo de estomago y se lo puso en una bolsa que llevaba colgada en el cinto.
Aun no tenia caballo, pero dijo que no le importaba, que podía correr durante mas de tres horas sin fatigarse, y que podía hacer el viaje sin caballo. No tenia ningún otro remedio que hacerle caso, así que emprendimos el viaje hacia Releer.

CONTINUARÁ

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