Palpitación

Ahora habla ella, puedo oír su voz. Eleanor, mi amor, mi vida, mi luz. Recuerdo el día que la conocí. Entré en la taberna empapado, fuera llovía a mares, y ni los truenos ni la algarabía existente me impedían disfrutar de su maravillosa voz, que se mezclaba dicharachera entre los rudos comentarios de granjeros y vividores. Cuando la noche acabó, era el único que se mantenía sobrio en la sala. Un noble entre nosotros – dijo ella – ¿a qué se debe tal honor, milord?-. Por más que quería, no pude explicarle que llevaba toda la noche sentado intentando elucubrar una manera de transmitirle mi amor, que florecía indómito desde varios años atrás. Y sin conocerla. Me habían hablado de ella varios de los escuderos de mi padre, y el juglar me relataba sin cesar historias inventadas de mi bella amada. Un paria de la nobleza, un desecho caído presa del amor de una plebeya que no conoce, no tiene más amigos que su juglar y el hidromiel. Podéis imaginar mi felicidad cuando conseguí mi propósito.

Mis elucubraciones saltaron a la noche del ataque. Noche cerrada. Noche de fantasmas. Acompañaba a Eleanor en una de sus caminatas escuchando, como siempre, todas sus divagaciones. De castillos y princesas, de magos y dragones. Se oyó un aullido que quebró la misma noche, cayendo sobre nosotros al unísono que un rayo iluminaba el bosque. Allí los vimos. Eran tres, sucios, rudos, bestias. Gigantes peludos de la noche. Corrimos, tan rápido que el pecho contemplaba su única salvación intentando salirse por la boca, mientras ellos nos perseguían.

Llegamos a un claro, giré el cuerpo apuntando con mi arco y esperé. El sonido del bosque, acechando junto a la muerte, es aterrador. No trinaban los pájaros, no crujían las ramas. Tan solo las lágrimas de Eleanor y mi respiración entrecortada. Ya estaban allí, y no podría disparar tres veces. Un relámpago iluminó el claro, solté la flecha, que se clavó en el costado de una de las bestias, y recargué justo cuando el trueno llegó a unirse con su luminoso hermano. Al sacar la siguiente saeta, el carcaj cayó al suelo. Una segunda bestia, la más grande de las tres, cayó ensartada por mi último disparo, mientras yo enarbolaba mi espada, con la que me faltaba maestría, y valor. Se dirigió hacia ella, y no me lo pensé. Lancé mi arma contra el hombro lobo que tenía delante de mí, y me abalancé contra el opresor de mi amada. Mientras sus dientes se clavaban en mi lomo, pude ver como ella se perdía entre las ramas. La había salvado. Lo había conseguido. Sonreí.

La tristeza es lo fácil, es rendirse. Llorar implica aceptar que has perdido, que te lamentas de tus acciones. Yo prefiero bailar con una sonrisa hasta bien pasada la noche. Hasta que los fantasmas vengan a buscarme. Pero estoy casi muerto, a tres metros bajo tierra, y tan solo me queda esperar a que el aire se agote. Oigo la gente llorando por mí, tan cerca, y tan lejos. Si gritase lo suficientemente fuerte, me oirían. Pero no puedo. Soy sordomudo. Mis dedos sangran, con las uñas arrancadas y astillas clavadas por doquier. El ataúd está recubierto por una fina capa de plata. Cosas de los campesinos. Temen a los hombres lobo. Temen que me convierta en uno de ellos. Casi me mató uno de ellos. Ahora, ahora que habla ella, Eleanor, mi amor, mi vida, mi luz, tan solo me queda esperar a que el aire se agote.

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