Die Welle

La gente se apelotonaba en la estrecha calle. Todos querían saludarle. Todos querían tocarle. Todos querían matarle. El profesor lo había intentado. Había decidido que ya era suficiente. Pero con dos muertes a sus espaldas y el rechazo de toda la comunidad la absolución sin cargos se le presentó agridulce.

La ola había crecido exponencialmente en tan solo dos semanas de juicio, y contaba con seguidores en toda Alemania. Sarah tomó las riendas, ideó una manera perfecta de honrar la muerte de Tim. La ola haría el bien. La canciller, lejos de atemorizarse, apoyó la causa y destinó un par de subvenciones para los “chavales”. Al principio no era nada malo, tan solo pintadas encubiertas y mensajes en los correos postales de la gente de la ciudad. Pero luego entro Josh. Creó el brazo armado de la ola, y lo llamó La Cresta. Atacó sedes de partidos fascistas, y también de los anarquistas. Las peleas acabaron con varios muchachos, algunos de la ola, otros del enemigo.

El profesor no podía creer que ya tuvieran un enemigo. Ese viejo que pateó un par de culos de espuma, y dirigió a los suyos. Si quieren ola, tendrán primero que apagar el fuego. Ese era su lema, y no tenía tiempo para tonterías.

Los crestas se reunieron bajo la bandera con el símbolo del grupo, y los bates de beisbol se repartían como gominolas antes de una sesión de cine. Los anarquistas tenían un piso franco en las afueras, donde guardaban alguna cosa que merecía la pena, de eso estaban seguros. ¿Querían ruido? Pues lo iban a tener.
Los cocteles volaron, explotaron, y los disparos no se hicieron de rogar. Cayeron un par de crestas, y el resto echó la puerta abajo y entró a matar. No se hicieron prisioneros, no hubo perdón. Hacia un mes la chica que se echó a llorar por haber suspendido un examen de matemáticas estaba ahora mismo pateando la cara de un adolescente no mucho más pequeño que ella.

Llegó a su casa, su mujer ya no estaba, y encendió la tele. Veinticinco muertos. Una gran asignatura. Un gran proyecto. El fuhrer estaría contento.

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